Areguá II
Mi marido y yo éramos fanáticos del cine y de la TV y ese aparato fue el primero que tuvimos. Como dije, en Areguá aún no había luz eléctrica y manteníamos la TV entronizada en un lugar de honor y...por supuesto apagada. Mi santa madre, doña Chiquita, que venía los viernes por la noche y se quedaba hasta los domingos por la tarde, era quien me mantenía al tanto de lo que sucedía con la telenovela de terror "Sombras tenebrosas" porque ella no se perdía un capitulo mirándola en la casa de su vecina y amiga, Rubia.
En julio se hizo una reunión en la Municipalidad y participaron no solo las autoridades sino los enviados de la ANDE, las fuerzas vivas de la ciudad y la mayoría de los vecinos interesados en tener el servicio de energía eléctrica.
Luego contratamos a un electricista y se iniciaron, en casi la mayoría de las casas, los trabajos de cableado y otros. Luego de un tiempo prudencial, que nos pareció eterno, una noche fuimos citados a la loma. Era una noche "toda llena de murmullos" y de oscuridad, allí aguardamos hasta que se produjo la magia, se encendieron las luces de un tablero, el ingeniero de la capital había imitado a Dios e hizo la luz.
Volvimos a casa impacientes, por primera vez veríamos un programa en nuestra tele. Estuvimos despiertos hasta que se escuchó la música de Campamento y las palabras aquellas del Aquidabán Niguí.
Al día siguiente se produjo el estreno oficial en la casa y vivieron mis vecinas: Eddi Rios, la enfermera del centro de Salud (¡qué verguenza no recuerdo su nombre!), la tía de mi marido Chiní Cabral - una ceramista de muy buen gusto- y una amiguita de Eddi, entre las dos no sumaban 30 años. Mirábamos la serie "Estación Retiro", con unitarios que duraban aproximadamente una semana. Eran diferentes historias que confluían en esa gran babel de Retiro, con los mismos actores. Y tuve que apelar a todos mis recursos docentes para explicarles a Eddi y a su amiguita que si el actor moría en una historia y volvía a aparecer en otra no era un resucitado sino un milagro de la tele donde todo es un juego. Ellas nunca habían visto cine ni nada parecido.
viernes, 27 de septiembre de 2013
miércoles, 25 de septiembre de 2013
MEMORIAS DE AREGUA
Nos mudamos a la vieja casona de mis suegros en los primeros meses de 1972. Era la mítica casa de Areguá donde la familia de mi marido pasaba la semana santa y las vacaciones. Nosotros llegamos con nuestros dos hijos, un perro ya crecido, un gato y un televisor, pese a que aún el servicio de luz eléctrica no había alcanzado a Areguá. La casa era grande, tenía tres habitaciones inmensas, ventanas con rejas y techos muy altos, tal como era el estilo del tiempo en el que se construyó, aproximadamente 1906. Una galería al frente recibía a las visitas y otra al fondo, que era el verdadero motor de esa casa con revoque caído pero luminosa. Ella nos acogió con alegría, sus paredes volvieron a escuchar risas de niños y sus pisos a embarrarse con las travesuras de Luis Fernando y de Jorge.
Tenía un gran jardín alrededor y al fondo no había divisoria que delimitase las propiedades de los vecinos, todo lo verde era uno, continuo y silencioso. Aunque tuviésemos el portón del frente cerrado, las vacas paseanderas entraban por la calle del fondo y se ponían a pastorear el pasto tierno que crecía al costado, sobre una especie de terreno anegadizo. Nuestro perro Pingui trataba de espantarlas pero ellas, orondas e indiferentes, seguían con sus banquetes vegetales.
Al principio todo fue novedad, arreglamos los pocos muebles que teníamos y que casi no íbamos a necesitar porque en la mansión Cabral De Vargas había camas, roperos grandes y antiguos y también había mesas y cubiertos. Yo distribuí los espacios y ubiqué a mis hijos en el llamado cuartito azul, pintado de ese color; al lado estaba nuestro dormitorio y en otra habitación el sagrado aparato de TV.
Sabía, porque había estado allí muchas veces antes de instalarnos, los sitos y donde yo tendría más miedo, uno era la cocina, con un fogón de tres hornallas a carbón (estaba segura que allí vivían no solo lauchas sino algunas ratas, pese a que nunca vi ninguna). Otros miedos se iniciaban al atardecer, cuando debía encender los faroles mbopí, las lamparitas, la petromáx que se debía bombear cuando su luz se debilitaba y esas lámparas finas con pantallas de vidrio, que me transportaban a una época romántica del siglo 18.
Mi marido trabajaba en Asunción, salía en el micro de las 6:30 y regresaba en el último, que llegaba a las 20:30. (continuará)
Nos mudamos a la vieja casona de mis suegros en los primeros meses de 1972. Era la mítica casa de Areguá donde la familia de mi marido pasaba la semana santa y las vacaciones. Nosotros llegamos con nuestros dos hijos, un perro ya crecido, un gato y un televisor, pese a que aún el servicio de luz eléctrica no había alcanzado a Areguá. La casa era grande, tenía tres habitaciones inmensas, ventanas con rejas y techos muy altos, tal como era el estilo del tiempo en el que se construyó, aproximadamente 1906. Una galería al frente recibía a las visitas y otra al fondo, que era el verdadero motor de esa casa con revoque caído pero luminosa. Ella nos acogió con alegría, sus paredes volvieron a escuchar risas de niños y sus pisos a embarrarse con las travesuras de Luis Fernando y de Jorge.
Tenía un gran jardín alrededor y al fondo no había divisoria que delimitase las propiedades de los vecinos, todo lo verde era uno, continuo y silencioso. Aunque tuviésemos el portón del frente cerrado, las vacas paseanderas entraban por la calle del fondo y se ponían a pastorear el pasto tierno que crecía al costado, sobre una especie de terreno anegadizo. Nuestro perro Pingui trataba de espantarlas pero ellas, orondas e indiferentes, seguían con sus banquetes vegetales.
Al principio todo fue novedad, arreglamos los pocos muebles que teníamos y que casi no íbamos a necesitar porque en la mansión Cabral De Vargas había camas, roperos grandes y antiguos y también había mesas y cubiertos. Yo distribuí los espacios y ubiqué a mis hijos en el llamado cuartito azul, pintado de ese color; al lado estaba nuestro dormitorio y en otra habitación el sagrado aparato de TV.
Sabía, porque había estado allí muchas veces antes de instalarnos, los sitos y donde yo tendría más miedo, uno era la cocina, con un fogón de tres hornallas a carbón (estaba segura que allí vivían no solo lauchas sino algunas ratas, pese a que nunca vi ninguna). Otros miedos se iniciaban al atardecer, cuando debía encender los faroles mbopí, las lamparitas, la petromáx que se debía bombear cuando su luz se debilitaba y esas lámparas finas con pantallas de vidrio, que me transportaban a una época romántica del siglo 18.
Mi marido trabajaba en Asunción, salía en el micro de las 6:30 y regresaba en el último, que llegaba a las 20:30. (continuará)
lunes, 14 de mayo de 2012
Latidos del tren
Ahora que solo el ruido de los autos tuneados invade mis oídos me complace sumergirme en la nostalgia de otros sonidos más cálidos. Por ejemplo el del paso del tren, sus pitos y el chaca-chaca de las ruedas, el gran suspiro de vapor que solían exhalar las locomotoras.
Vivíamos en Buenos Aires a tres cuadras de una barrea del ferrocarril Urquiza - él único que llegaba hasta Asunción. La barrera estaba en Bolivia y Beiró pero por allí no pasaban los viejos trenes a vapor, era eléctricos y de pocos vagones, pasaban con una frecuencia de 10 minutos, mi padre lo llamaba el trencito. En ese trencito salíamos del suburbio de Villa del Parque para acercarnos hasta el centro. Llegaba hasta la Chacarita y desde las ventanillas se podía ver el alto murallón que rodeaba el inmenso cementerio bonaerense. Desde allí hacíamos combinación con el subte de la línea B y llegábamos hasta la estación Callao, donde debíamos bajar para ir hasta el colegio. Cuando viajaba en ómnibus siempre me daba miedo pasar por barreras bajas, era costumbre suicida de los choferes, acelerar y frenar, eso me ponía muy nerviosa porque me imaginaba que cruzarían sin aguardar a que las barreras estuviese levantadas. Muchos lo habían hecho y había muerto mucha gente.
Cuando me casé, fuimos a vivir a Areguá y allí también el tren hacía notar su presencia, las máquinas pasaban resoplando y el primer perro - de mi vida de casada- viajó en tren desde Asunción, pesado y etiqeutado como si fuera una encomienda. En la estación de Areguá lo esperábamos mi marido, mis hijos y yo. Fue un reencuentro muy feliz.
En el diario Noticias veía pasar al mediodía el tren que iba a Luque que, al pasar por el diario pitaba muy fuerte y alargado, uno de los guardas le rendía así un homenaje a su novia a Marina, la peqeuña y amable Marina.
Ahora, a los asuncenos solo nos queda añorar el tren, sus vías estaban muy viejas, dicen y era preligroso ponerlo en marcha.
El año pasado, en octubre fuimos unos escritores paraguayos a la ciudad de San José, Uruguay, donde se realizaba una feria internacional del Libro. La ciudad es chica y tan cuidada como una tacita de plata. Nos alojaron en una colonia, pocos kilómetros del centro. Nuestro cuarto, lo compartíamos con Milia Gayoso Manzur, daba a las vías de un tren que cruzaba el campo de madrugada. Escucharlo fue como reencontrame con un amigo de la infancia.
Ahora que solo el ruido de los autos tuneados invade mis oídos me complace sumergirme en la nostalgia de otros sonidos más cálidos. Por ejemplo el del paso del tren, sus pitos y el chaca-chaca de las ruedas, el gran suspiro de vapor que solían exhalar las locomotoras.
Vivíamos en Buenos Aires a tres cuadras de una barrea del ferrocarril Urquiza - él único que llegaba hasta Asunción. La barrera estaba en Bolivia y Beiró pero por allí no pasaban los viejos trenes a vapor, era eléctricos y de pocos vagones, pasaban con una frecuencia de 10 minutos, mi padre lo llamaba el trencito. En ese trencito salíamos del suburbio de Villa del Parque para acercarnos hasta el centro. Llegaba hasta la Chacarita y desde las ventanillas se podía ver el alto murallón que rodeaba el inmenso cementerio bonaerense. Desde allí hacíamos combinación con el subte de la línea B y llegábamos hasta la estación Callao, donde debíamos bajar para ir hasta el colegio. Cuando viajaba en ómnibus siempre me daba miedo pasar por barreras bajas, era costumbre suicida de los choferes, acelerar y frenar, eso me ponía muy nerviosa porque me imaginaba que cruzarían sin aguardar a que las barreras estuviese levantadas. Muchos lo habían hecho y había muerto mucha gente.
Cuando me casé, fuimos a vivir a Areguá y allí también el tren hacía notar su presencia, las máquinas pasaban resoplando y el primer perro - de mi vida de casada- viajó en tren desde Asunción, pesado y etiqeutado como si fuera una encomienda. En la estación de Areguá lo esperábamos mi marido, mis hijos y yo. Fue un reencuentro muy feliz.
En el diario Noticias veía pasar al mediodía el tren que iba a Luque que, al pasar por el diario pitaba muy fuerte y alargado, uno de los guardas le rendía así un homenaje a su novia a Marina, la peqeuña y amable Marina.
Ahora, a los asuncenos solo nos queda añorar el tren, sus vías estaban muy viejas, dicen y era preligroso ponerlo en marcha.
El año pasado, en octubre fuimos unos escritores paraguayos a la ciudad de San José, Uruguay, donde se realizaba una feria internacional del Libro. La ciudad es chica y tan cuidada como una tacita de plata. Nos alojaron en una colonia, pocos kilómetros del centro. Nuestro cuarto, lo compartíamos con Milia Gayoso Manzur, daba a las vías de un tren que cruzaba el campo de madrugada. Escucharlo fue como reencontrame con un amigo de la infancia.
lunes, 7 de mayo de 2012
Recordando a Eduardo
La vez pasada me despedí de mis escasos pero selectos lectores, avisando que iba a mirar mi serie preferida Mad Men. El comentario de hoy viene a cuento porque en un uno de los episodios hay un muchacho que sufre de epilepsia y no consigue un trabajo que lo haga sentir como cualquier ser humano, solo le dan puestos de limpiador u otros de la escala más baja de servidores. El muchacho no tenía ni siquiera una marca o alguna señal visible de que sufría esa enfermedad, pero igual, en los EE. UU de los 60, la gente lo temía y prefería verlo lejos o encerrado. Por eso recuerdo a Eduardo.
El era hermano de nuestra vecina Angélica, en Villa del Parque en Buenos Aires. Eduardo también era epiléptico y solía tener ataques aparatosos. Trataba de meter los dedos en el enchufe para suicidarse, o corría para escaparse de la casa y tirarse debajo de un coche, era una hazaña para la madre y la hermana sujetarlo esperando que se desvanezca. Cuando perdía la conciencia quedaba acostado, tirado en el piso, era pesado como para llevarlo a su cama, un hilo de saliva salía de su boca, su madre lloraba y Angélica trataba de irse lo más lejos posible de esa realidad tan lacerante.
Al despertar, Eduardo volvía ser manso, amable y a cuidar a los gatitos que tenían. No se que habrá sido de ellos, la familia de Angélica era una familia rara. El padre había muerto y de su fábrica de maniquíes quedaban los cuerpos de yeso y papel en armarios de vidrio o tirados en el piso como su hijo Eduardo. Daba miedo entrar a ese cuarto, si había poca luz uno podía pensar en una multitud de seres inmóviles, pensando en la vida que llevaban, condenados para siempre a mirar sin hablar.
Lo que verdaderamente es muy triste es saber que la ignorancia sobre la epilepsia todavía continúa y que es una influencia muy poderosa sobre la gente que aún hoy, teme a los enfermos del gran mal.
El era hermano de nuestra vecina Angélica, en Villa del Parque en Buenos Aires. Eduardo también era epiléptico y solía tener ataques aparatosos. Trataba de meter los dedos en el enchufe para suicidarse, o corría para escaparse de la casa y tirarse debajo de un coche, era una hazaña para la madre y la hermana sujetarlo esperando que se desvanezca. Cuando perdía la conciencia quedaba acostado, tirado en el piso, era pesado como para llevarlo a su cama, un hilo de saliva salía de su boca, su madre lloraba y Angélica trataba de irse lo más lejos posible de esa realidad tan lacerante.
Al despertar, Eduardo volvía ser manso, amable y a cuidar a los gatitos que tenían. No se que habrá sido de ellos, la familia de Angélica era una familia rara. El padre había muerto y de su fábrica de maniquíes quedaban los cuerpos de yeso y papel en armarios de vidrio o tirados en el piso como su hijo Eduardo. Daba miedo entrar a ese cuarto, si había poca luz uno podía pensar en una multitud de seres inmóviles, pensando en la vida que llevaban, condenados para siempre a mirar sin hablar.
Lo que verdaderamente es muy triste es saber que la ignorancia sobre la epilepsia todavía continúa y que es una influencia muy poderosa sobre la gente que aún hoy, teme a los enfermos del gran mal.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Mucho para contar
Los ancianos o personas de la tercera edad , tenemos mucho para contar. Pero no nos tienen paciencia y si repetimos el mismo cuento los jóvenes se impacientan y se van. Por eso es mejor escribirlos,a si podemos ver si ya lo habíamos recordado o no, al suceso, digo, porque recordar se ha vuelto un poco difícil. Creo que es un fenómeno paranormal esto de los recuerdos, ellos se van con otra persona, se pierden como las medias que abandonan a sus pares y como las cucharitas de café que escapan del cajón donde las guardamos ¡Son ingratos los recuerdos! Vivieron con nosotros tantos años y de pronto, cuando en una conversación necesitamos un nombre o una dirección ¡zas! ellos están ausentes.
Hace años, una gran amiga que dirigía un entidad renombrada resolvió el problema con una secretaria. Entonces, en una entrevista, si se le preguntaba, por ejemplo, cuándo se fundó ..(la institución) ella respondía muy segura, se fundó el...y miraba fijo a su secretaria que daba la fecha exacta. Pero no todas podemos tener una secretaria de esa categoría. Es tan acuciante el problema de los recuerdos que hasta el mismísimo García Márquez temía que llegara el día en que la conduerma de la memoria le borrase los suyos.
No voy al médico porque tengo miedo de escuchar su diagnóstico y me consuelo pensando qeu fui así desde mi más tierna edad. Era una niña y cuando sacudía el mantel tiraba las cucharitas a la basura sin pensar, estaba en otro planeta. Siempre fui así. Una vez, en Buenos Aires, íbamos con una amiga y cuando el guarda nos vendió los boletos, le pagamos. Luego de un rato comprobé que un papelito donde había anotado una dirección me había desaparecido y la plata del boleto todavía la tenía. Fue un alivio ver que el guarda era más distraído que yo, él tomó el papelito como si fuera dinero.
Por el momento es lo único que tengo para compartir, debo ir a mi templo privado: a sentarme en mi sillón preferido a ver mi serie favorita Mad men. Hasta pronto...creo.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Navidades de mi infancia
¡Parecen tan lejanas esas navidades de mi infancia! Ahora, es en mi casa que se festeja la Navidad y el año Nuevo. Me he convertido en madre y abuela y aunque preparo el pesebre -tradicional en Paraguay- siento que no he logrado transmitir a mis hijos ese fervor, esa fe de los hogares realmente cristianos. Debe ser la influencia de mi padre, que sigue firme. Él era ateo y casi siempre estaba ausente en Nochebuena, solía explicarnos que los periodistas no tenían los feriados de los que gozaban los otros trabajadores, pero a nosotros no nos importaba mucho. En aquellos tiempos de machismo rampante las mujeres eran las únicas responsables de acompañar a los hijos y de transmitirles las tradiciones. Mi madre cumplía con ese rol y su esfuerzo máximo consistía en preparar un sabroso pollo al horno acompañado con papas y cebollas que nosotros -los hijos mayores- nos encargábamos de llevar en una gran fuente, al horno de la panadería Atlántico, la más chic del barrio.
En nuestra casa no se preparaba arbolito de Navidad, tampoco el pesebre, creo que eso explica por que los belenes míos lleven una impronta tan bohemia y haya mamuchkas rusas al lado de tortugas de barro y otros adornos que no tienen nada que ver con ese nacimiento.
Nunca nos sentimos tristes por no cenar con nuestro padre, solo esperábamos el momento en que estaríamos libres para ir a la casa nuestros amigos donde había decenas de parientes muy alegres y un pino artificial iluminado, con regalos al pie. Analizando esos momentos con la madurez de ahora compruebo que nunca estuvimos en un lugar nuestro, que no pertenecíamos a ningún lugar. Eramos exiliados, de un país, de lazos familiares, exiliados de la fe.
En nuestra casa no se preparaba arbolito de Navidad, tampoco el pesebre, creo que eso explica por que los belenes míos lleven una impronta tan bohemia y haya mamuchkas rusas al lado de tortugas de barro y otros adornos que no tienen nada que ver con ese nacimiento.
Nunca nos sentimos tristes por no cenar con nuestro padre, solo esperábamos el momento en que estaríamos libres para ir a la casa nuestros amigos donde había decenas de parientes muy alegres y un pino artificial iluminado, con regalos al pie. Analizando esos momentos con la madurez de ahora compruebo que nunca estuvimos en un lugar nuestro, que no pertenecíamos a ningún lugar. Eramos exiliados, de un país, de lazos familiares, exiliados de la fe.
domingo, 9 de octubre de 2011
viernes, 19 de agosto de 2011
Semana movida
La semana del 8 al 12 de agosto y la siguiente, que está terminando fueron muy generosas y gratas para los escritores. En la primera se realizó un congreso de Literatura en el Gran Hotel del Paraguay, organizado por la Universidad del Norte y el Instituto Literario Cultural Hispano, dirigido por Juanita Arancibia, que lleva ya organizando 36 congresos de este tipo, cada año en un país diferente. Vinieron escritores de todo el continente americano desde Canadá hasta Argentina y desde Veracruz a Montevideo, también desde Europa. Se presentaron ponencias muy interesantes, hubo presentaciones de libros, se entregaron distinciones y hasta estuvo presente el vicepresidente Federico Franco con una conferencia muy amena.
El martes 16 Teresa Méndez Faith presentó su antología: Literatura Infanto Juvenil de Ayer y de Hoy, donde dio cabida a 43 autors paraguayos y más de 250 obras. Fue una verdadera fiesta esa presentación donde no faltó la música de Epifanio Méndez Fleitas, su padre.
Y como colofón de estos días placenteros para los literatos, el jueves nos reunimos en el restaurante Munich para agasajar a Teresa que estuvo muy feliz. Se lo merece, ella da visibilidad a la obra de los autores paraguayos y los interesados que desconocen todo sobre este país oculto, tienen la oportunidad, leyendo sus libros, de saber que aquí también se hace literatura, y las buenas.
El martes 16 Teresa Méndez Faith presentó su antología: Literatura Infanto Juvenil de Ayer y de Hoy, donde dio cabida a 43 autors paraguayos y más de 250 obras. Fue una verdadera fiesta esa presentación donde no faltó la música de Epifanio Méndez Fleitas, su padre.
Y como colofón de estos días placenteros para los literatos, el jueves nos reunimos en el restaurante Munich para agasajar a Teresa que estuvo muy feliz. Se lo merece, ella da visibilidad a la obra de los autores paraguayos y los interesados que desconocen todo sobre este país oculto, tienen la oportunidad, leyendo sus libros, de saber que aquí también se hace literatura, y las buenas.
jueves, 7 de julio de 2011
domingo, 3 de julio de 2011
Mi vida por un gato
Tengo un cierto respeto por los mininos, de cualquier raza pero en especial por los siameses, que suelen mirar con sus ojitos rasgados, con tal desdén que me hace pensar que son la reencarnación de algún noble chino de la dinastía Ming. Hace poco leí en un blog algo muy lindo que escribió una escritora mexicana y que me motivó a enviarle un comentario del cual extracto algo. "Me ha gustado mucho tu comentario sobre los gatos y Monsivais. Soy una escritora paraguaya y te cuento que en mi país, hubo una grande de la letras, Josefina Plá, española de Canarias. Ella ha escrito poesía, cuentos, obras de teatro, cuentos para niños y ensayos miles. Josefina era una mujer culta y muy valiente - vivir en un país chiquito como el Paraguay, siendo viuda y volver a amar, es una prueba inmensa de coraje-, ella pues, la Josefina, tenía más 30 gatos merodeando en su galería externa, donde dictaba a su amanuense (dactilógrafo) todas sus creaciones. Había gatos negros, pardos, a rayas anaranjadas y también gatos a rayas grises. Había gatos blancos y manchados, todos ellos bohemios impenitentes y muy educados en las últimas corrientes literarias, pues ponían sus patitas sobre los escritos de Josefina y a veces se acostaban sobre ellos, ronroneando, satisfechos de la obra de su ama". Eso era parte de mi comentario y ahora sigo para mi blog, el marido de Josefina había sido un artista del grabado y ceramista, su nombre artístico era Julián de la Herrería y su nombre real: Andrés Campos Cervera. Y este apellido, me lleva a otro Campos Cervera, uno de nuestros máximos poetas vanguardistas Herib Campos Cervera. El tuvo como compañera de su vida a Mima Palermo Falabella, que había sido una mujer muy bella. Juntos tuvieron tres hijos y, cuando Mima, estaba en las postrimerías de su vida, la visité y me maraville al ver la cantidad de gatos que la rodeaban. De todos los colores y orígenes, los felinos se paseaban con total libertad en el dormitorio de Mima, que los amaba, los alzaba y les hablaba con mucho cariño. Una vez me dijo que los Campos Cervera se habían casado con extranjeras, yo me pregunté si a todos los Campos Cervera les gustaban las mujeres que amaban a los gatos.
Yo, como soy una escritora menor, he tenido muchos gatos, pero por turno. Ahora soy dueña de Cervantes, un gatito manco de la patita delantera derecha, es blanco, hermoso y astuto, porque sabe defenderse del ataque de un cachorro y de una perra de policía que suele enojarse con él. Como en mi casa siempre hay mayoría perruna, mis gatos suelen tener crisis de identidad y actúan como perros. Si alguien golpea ellos acuden a ver quien es y si pudiera ladrar, ladrarían, como los dos loros que también forman parte de mi pequeño zoo. En fin es un domingo muy frío y debo trasnformarme en cocinera por eso los dejo, que lo pasen bien.
Yo, como soy una escritora menor, he tenido muchos gatos, pero por turno. Ahora soy dueña de Cervantes, un gatito manco de la patita delantera derecha, es blanco, hermoso y astuto, porque sabe defenderse del ataque de un cachorro y de una perra de policía que suele enojarse con él. Como en mi casa siempre hay mayoría perruna, mis gatos suelen tener crisis de identidad y actúan como perros. Si alguien golpea ellos acuden a ver quien es y si pudiera ladrar, ladrarían, como los dos loros que también forman parte de mi pequeño zoo. En fin es un domingo muy frío y debo trasnformarme en cocinera por eso los dejo, que lo pasen bien.
viernes, 24 de junio de 2011
¿Recuerdan a Lady Di?
¿Recuerdan a Lady Di?
Ella murió no hace tanto y la recuerdo muy bien porque la vi de cerca en una de esas ocasiones únicas que nos ofrece el periodismo, como fue la de viajar a las cataratas para verla y tratar de hablar con ella.
La agencia publicitaria Turú invitó a grupo de peridositas a ir hasta Foz de Yguazú, viajamos en una van y al llegar nos alojamso en el Hotel Bourbon, en la ciudad brasileña. Un verdadero lujo. Íbamos tres o cuatro periodistas de la sección revista de cada medio escrito, fotógrafos y algún camarógrafo. Por supuesto que pasamos las 6 horas del viaje charlando como cotorras. Al día siguiente nos preparamos para verla, Maluli Vera, mi amiga que se afligía porque en su identificación decía Castalia Garbarino - era ese tipo de nombres secretos que todas la mujeres ocultamos- ella, pese a su verguenza se vistió como la Wallis Simpson con un trajecito pied de poule y salió caminando majestusoamente, ya se sentía una princesa más importnte que la Lady.
Antes de llegar a las cataratas propiamente dichas nos dieron unas clases de protocolo, impartidas por un funcionario brasileño, muy comeido él, que se ocupó de tratar de civilizar a esos plebeyos paraguayos ( nosotros).
La princesa y una dama brasileña estaban en ese balconcito frente a la caída más grande de todas las caídas. Una especie de verja baja separaba a la real princesa de los villanos fotógrafos -unos 40- que disparaban sus flashes sin detenerse, ante el mínimo gesto de Diana, quien hablaba con la brasileña como si estuvieran en una isla desierta. Ella era muy hermosa, estaba sonrojada por el sol.
Nosotros supimos que almorzaría en un hotel muy lujoso, ahí nomás a pasos de las cataratas. Fuimos y esperamos pacientemente a que saliera, para poder hacerle aunque más no sea unas preguntitas. Maluli y yo nos habíamos aproximado al mostrador de la gerencia, ella se había sacado la identificación y estaba tan elegante como una relacionista pública en un evento importante.
De pronto se corrió la voz: La princesa estaba bajando la escalera. Quedamos galvanizados, duros como estatuas de mármol. En ese momento comprobé la cancha de Diana. Caminaba con los ojos bajos, pero levantaba sus párpados ante cada funcionario del hotel y le estrechaba la mano, cuando estaba a punto de hacer lo mismo con Maluli, reaccionó, alguna voz interior le sopló que la realeza guaireña no estaba al nivel de la suya. Después corrió al vehículo que la esperaba. Yo tuve tiempo de admirar su cutis atercipleado y su rostro perfecto.
Creo que muchas veces los famosos buscan esa fama desesperadamente, sucede con los artistas, con ella también pasó. Dió datos a la prensa para tenerla como defensora ante el drama del fin de su matrimonio.
Los paparazzi que la persiguieron en su noche fatal no fueron culpables de su muerte, ella los había dejado entrar en su intimidad y pagó un precio exhorbitante por ello.
Ella murió no hace tanto y la recuerdo muy bien porque la vi de cerca en una de esas ocasiones únicas que nos ofrece el periodismo, como fue la de viajar a las cataratas para verla y tratar de hablar con ella.
La agencia publicitaria Turú invitó a grupo de peridositas a ir hasta Foz de Yguazú, viajamos en una van y al llegar nos alojamso en el Hotel Bourbon, en la ciudad brasileña. Un verdadero lujo. Íbamos tres o cuatro periodistas de la sección revista de cada medio escrito, fotógrafos y algún camarógrafo. Por supuesto que pasamos las 6 horas del viaje charlando como cotorras. Al día siguiente nos preparamos para verla, Maluli Vera, mi amiga que se afligía porque en su identificación decía Castalia Garbarino - era ese tipo de nombres secretos que todas la mujeres ocultamos- ella, pese a su verguenza se vistió como la Wallis Simpson con un trajecito pied de poule y salió caminando majestusoamente, ya se sentía una princesa más importnte que la Lady.
Antes de llegar a las cataratas propiamente dichas nos dieron unas clases de protocolo, impartidas por un funcionario brasileño, muy comeido él, que se ocupó de tratar de civilizar a esos plebeyos paraguayos ( nosotros).
La princesa y una dama brasileña estaban en ese balconcito frente a la caída más grande de todas las caídas. Una especie de verja baja separaba a la real princesa de los villanos fotógrafos -unos 40- que disparaban sus flashes sin detenerse, ante el mínimo gesto de Diana, quien hablaba con la brasileña como si estuvieran en una isla desierta. Ella era muy hermosa, estaba sonrojada por el sol.
Nosotros supimos que almorzaría en un hotel muy lujoso, ahí nomás a pasos de las cataratas. Fuimos y esperamos pacientemente a que saliera, para poder hacerle aunque más no sea unas preguntitas. Maluli y yo nos habíamos aproximado al mostrador de la gerencia, ella se había sacado la identificación y estaba tan elegante como una relacionista pública en un evento importante.
De pronto se corrió la voz: La princesa estaba bajando la escalera. Quedamos galvanizados, duros como estatuas de mármol. En ese momento comprobé la cancha de Diana. Caminaba con los ojos bajos, pero levantaba sus párpados ante cada funcionario del hotel y le estrechaba la mano, cuando estaba a punto de hacer lo mismo con Maluli, reaccionó, alguna voz interior le sopló que la realeza guaireña no estaba al nivel de la suya. Después corrió al vehículo que la esperaba. Yo tuve tiempo de admirar su cutis atercipleado y su rostro perfecto.
Creo que muchas veces los famosos buscan esa fama desesperadamente, sucede con los artistas, con ella también pasó. Dió datos a la prensa para tenerla como defensora ante el drama del fin de su matrimonio.
Los paparazzi que la persiguieron en su noche fatal no fueron culpables de su muerte, ella los había dejado entrar en su intimidad y pagó un precio exhorbitante por ello.
miércoles, 22 de junio de 2011
A mis amigos, los conocidos y los invisibles

Ahora, luego de dos años de publicar en este blog, por fin, leí todos los comentarios. Me siento tan feliz de saber que alguien me lee. Es algo tan misterioso esto de Inernet y agradezco que voy aprendiendo cada vez más para poder contactar con esos amigos que se toman el trabajo de leer lo qeu escribo. Es muy rico lo que dicen. Por eso, seguiré aprendiendo para responderles con mayor asiduidad. En cuanto al Santo de la guitarra, el director de la película y autor del Libro sobre Mangoré, Carlos Salcedo, me la ha ofrecido para alguna actividad que organice. Tendré que inventar algo para poder gozar nuevamente de ese trasvasamiento de sensibilidad, la de Mangoré a Salcedo. El es muy buen amigo mío y siempre me ha impresionado como esas personas tercas y persistentes qeu no cejan en sus empeños por obtener lo que desean. En este caso, conocer la vida de Barrios del derecho y del revés. Es admirable su esfuerzo, con decirles que en sus primeros años aquí en Paraguay, hizo a pie el camino inverso del que recorrió Agustín Pío Barrios, fue desde la Plaza Uruguaya hasta San Juan Bautista. Conoció a mucha gnete en esas jornadas y preguntó por Mangoré, la mayoría no lo conocía. De allí la importancia de su labor. Lo hizo vivir otra vez. Hasta pronto amigos, voy a preguntrle su correo para que se puedan comunicar con él.
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