sábado, 29 de mayo de 2010

EN MEMORIA DE OSCAR FERREIRO




El 20 de julio se cumplirá otro aniversario más del nacimiento de Oscar Ferreiro, poeta. El de poeta, era el título que ostentaba con más orgullo. Y en su vida fecunda de versos, hijos, amores y luchas por la libertad, empuñó el verbo con la misma energía con que manejaba el teodolito para tomar las medidas de su patria, el ancho y el largo de su tierra roja y apasionada.
Nacido en la ribereña ciudad de Pilar, su patria chica que añoró tanto y en la que deseó descansar para siempre, Oscar Ferreiro honró también sus raíces vacas y bautizó a su casa en San Lorenzo con el apellido de sus antepasados Etche Mendiondo.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo lo recordamos como un charlista brillante, ocupado y preocupado por los temas sociales porque Oscar fue un idealista, siempre actuó impulsado por el sueño de ver una América libre de yugos imperialistas.
Lector insaciable, Oscar conocía estadísticas y palpaba realidades que, muchas veces las contradecían. Como un incansable caminador fue hallando en sus andanzas vestigios de civilizaciones indígenas que poblaron el Paraguay antes de la llegada de los españoles y él se dedicó a preservar esas pruebas palpables de la vida que llevaban nuestros ancestros.
Oscar era muy curioso y experto en artes varias que tanto podían referirse a las altas matemáticas como a ciencias más pedestres y comunes, como la quiromancia, por ejemplo. Ferreiro investigaba el pasado y avizoraba el futuro, juzgaba y condenaba a quienes mantenían a Paraguay en un estado de postración y miseria y no desperdiciaba ocasión para hacer conocer sus ideas, ya fuera una tertulia o la presentación de un poemario.
Como poeta su producción fue muy cuidada y breve, los críticos le pedían que publicara más, pero él había preferido dar a conocer solo lo que consideraba de calidad y no se preocupaba por la cantidad. Los oficios terrestres demandaban mucho tiempo de su vida y la poesía se portaba como una novia esquiva a quien podía frecuentar solo de tanto en tanto, pero cuando lo hacía saltaban chispas de esa relación y el humilde trabajador de las letras se convertía en un excelente poeta surrealista.
Su tiempo de vida se ha cumplido y desde hace unos años hemos comenzado a extrañarlo y a recordarlo cada vez que un San Juan se festeja en la Chacarita o el gallo de una alquería lanza su saludo, llamándolo todas las mañanas.

Lita Pérez Cáceres
www.plumaypalabras.com.py Julio de 2007

ABUELAS IMAGINARIAS


ESTE ES UN CAPITULO DE UNA NUEVA NOVELA QUE SALDRÁ PROXIMAMENTE.

Cuando me visitan las musas no desaprovecho el tiempo que me brindan. Anoto todo lo que me dicen y lo copio después en algunos de los textos que he publicado. Si vienen por las tardes, las convido con cocido y coquitos, si vienen por la mañana e interrumpen mi trabajo oficial, trato de escribir, a escondidas, lo que ellas me dictan. Pocas veces las atiendo cuando llegan de noche, soy una mujer normal que me levanto temprano y me acuesto ídem, no puedo andar trasnochando encerrada en mi estudio charlando con esas alocadas y desprejuiciadas musas. Bueno, en el fondo me hubiese gustado ser tan libre como George Sand, participar en cenáculos, tener grandes pasiones y vivir discutiendo teorías en los cafés llenos de humo, sentada junto a midinettes y cocottes, pero soy de un siglo ramplón, lleno de normas que pocas veces me animé a romper. Por eso va este capítulo que me acaban de regalar.
Omaria era mi abuela paterna, ella había venido en el vientre de su madre, desde Siria y se sentía tan argentina como la que más. Casada con Néstor, mi abuelo carnicero, se sentaba frente a la caja del puesto que tenían en el Mercado de Abasto y, desde allí atendía las cuentas y las deudas con ojos escrutadores, que podían ser muy conquistadores cuando ella quería. Vestida con una especie de túnica envolvente que iba desde el cabello negro y enrulado hasta sus rodillas, dándole un aura de celestial, a Omaria no la rozaban las miserias ni las groserías de ese ambiente. Ella era una mujer estatuaria, de cejas tupidas y bien formadas, ojos del color del tiempo – a veces azules y a veces verdes o color miel- de físico grande, caderas rotundas y pechos ubérrimos, Omaria reflejaba abundancia por todos los poros. El abuelo era pequeñito, menudo y muy bueno, pero murió muy joven.
Giselle, mi abuela materna, era muy chiquita, bajita y muy movediza. No recuerdo haberla visto quieta durante mucho tiempo, creo que escribía de noche, cuando todos dormíamos. Se encerraba en el cuarto del lavado, con un cuaderno de 100 hojas, un lápiz de punta fina y la radio portátil; de ese cuarto salían su voz, sus risas, en ocasiones, su llanto. Mi abuela Giselle era escritora y vidente, ella veía todo lo que escribía y sufría cuando sus protagonistas sufrían, se condolía de las penas de sus criaturas como si fueses sus hijas... en realidad lo eran. Mi abuela Giselle cuyo verdadero nombre era Dora, había inventado y adoptado el de Giselle para escribir cuentos de amor y novelitas cortas para una revista femenina y ganaba su buena plata con esa actividad. A nosotras no nos dejaba leer nada de lo que hacía pero cuando pasaba sus borradores a máquina, en la máquina de escribir del abuelo Pedro Juan, yo solía pispar. Aprovechaba cuando ella iba al baño y leía de un tirón esos romances llenos de pasiones atormentadas, con malvadas que querían desbaratar la hermosa relación entre el muchacho bueno y la chica hermosa. Años después me di cuenta de que el filón que había encontrado mi abuela Giselle era el mismo de Delly y el de Corín Tellado. Las historias de amor siempre tienen público.
Dorita era su nombre real y Giselle adivinó que ese nombre y su apellido terminado en doble n, la ubicarían eternamente en el parnaso de las judías. Si, mi abuela Dorita era judía, pero abjuraba de la fe de sus mayores, de sus costumbres y de sus tradiciones. Cuando se casó con el goy de mi abuelo la echaron de familia sin un peso y sin un vestido, sus padres eran inflexibles. Ella odiaba las mercerías y las sinagogas, solo tuvo tres hijas por mandato de mi abuelo que quería verla en la casa, por lo menos, durante la lactancia de las nenas. Mi abuelo fue escribano, era muy recto y muy alto, a su lado mi abuela parecía una palomita. Él la amó muchísimo y la protegió hasta de ella misma, pero siempre le dio mucha libertad, confiaba en ella. Mi madre salió igualita a la familia de mi abuelo: seria, alta y muy noble. Pero no tenía esas gracias de mi abuelita Giselle.
Giselle era muy creativa y cuando quería, se vestía como una de sus heroínas románticas, se cortaba el pelo a la garzón y lo llevaba aplastado sobre la frente, que con los anteojitos de marco redondo le daban el aspecto de un muchachito precoz; si era invierno se ponías medias de lana, negras y gruesas, polleras largas hasta el tobillo, y se maquillaba mucho o nada, de acuerdo al gusto del personaje. Porque ella vivía lo que escribía, hacia las voces de los personajes y necesitaba sentir como ellos. Nosotros estábamos acostumbrados y ya nada nos sorprendía. A veces nos hablaba en francés y mis hermanos y yo solo respondíamos ouí, porque así nos había enseñado
Una vez nos dejo con la boca abierta a la hora del almuerzo y ¡para colmo!, sin comida preparada porque no había venido doña Salustiana que era la esclava de la casa. No miento cuando digo esclava porque, pese a que ganaba dinero por realizar todos los trabajos domésticos, vivía pendiente de los caprichos de mi abuela que interrumpía su trabajo y la enviaba a espiar a la vecina que tenia una pensión, solo para saber a que hora había llegado el pensionista poeta que allí posaba. Giselle se había inspirado en él para uno de sus romances. Otras veces, cuando Salus paraba a descansar un ratito y se ponía a escuchar su radioteatro preferido, Giselle la enviaba a pedir prestada la peluca rubia de su comadre que vivía a tres cuadras. Estoy escribiendo sobre una pobre prostituta que se enamora de un cliente y él se enamora de su hija que no sabe cual es el trabajo de su madre, explicaba a Salus y ella, quedaba embobada escuchando, las historias de Giselle le gustaban más que las de Nené Cascallar.
Dije que nos dejó sin comida a mis hermanos y a mí porque ella estaba esperando una idea, una ayuda de sus musas y se olvidó de cocinar. Entonces, en lugar de llorar de hambre como una mendiga del siglo 19, anuncié –Hoy viene de visita abuelita Omaria.
Giselle salió de su ensimismamiento y volvió a la “nave madre” ¿Qué decís?
-Que hoy hable por teléfono con abuela Omaria y me dijo que estaría por aquí para ver si necesitamos algo.
-¡Ayyy! Que va a ser de mi! ¡Recién me lo decís? No tenés compasión – Giselle gemía como en una sala de parto hasta que una de las musas le soplo al oído alguna idea y fue hasta el teléfono para da ordenes.
- Hola ¿con la pizzería? mándeme 2 de mozzarella con anchoas – luego
de ver la cara de mi hermanita menor – no, mejor una simple, de mozzarella y otra con anchoas. Vos – me dijo a mi - arregla esta sala lo mejor que puedas y ustedes hagan sus camas. Esto es una emergencia, justo hoy que Salustiana no vino, viene la inspectora, la perfecta.
Si bien nunca habían discutido delante de nosotros y se trataban muy diplomáticamente, la guerra entre las dos abuelas estaba tácitamente declarada. Omaria era la abuela nutritiva y cuidadosa, responsable de sus deberes, dedicada a sus nietos en cuerpo y alma y capaz de todos los sacrificios con tal de vernos felices. Hasta de pasar los fines de semana sin Onésimo, su amante, si algunos de nosotros le pedía que nos llevara al cine. En esos tiempos el abuelo Néstor ya había muerto y ella no pudo acostumbrarse al lecho frío y ancho. Su relación con Onésimo era estable. El le daba lo que ella necesitaba para no sentirse tan sola.
En la otra esquina, como en un match de box, se sentaba mi abuela Giselle, la intelectual, la sensible, pero inútil. Ella no hubiese sacrificado su valioso tiempo de inspiración para salir a tomar un helado con nosotros, o dejar de escribir para cocinar algo rico o para enseñarnos a bordar – como hacia Omaria.
Giselle no era para nada una abuela normal pero la amábamos porque nos daba mucha libertad. Y cuando interpretaba sus novelitas o algún dialogo entre los amantes, todo era superlativamente bueno. Con ella nunca nos aburríamos. Eso si, su juego preferido consistía en asustarnos, si, a nosotros, tres tiernas criaturitas sin padres (habían viajado). Ella nos llevaba siempre al cine, los martes, días de películas de terror; Giselle nos empachó con Drácula y con Frankestein y eso nos sirvió toda la vida. A mi, por ejemplo, para detectar a la gente con rasgos de vampiros que en la vida real se portaban como unos aprovechados y a mi hermanita Anabel, para desmayarse cada vez que veía una gota de sangre. Mediante esa fobia consiguió marido, el químico que le hacía los exámenes laboratoriales. A mi hermano no le sirvió para nada útil, pero le quedó el gusto por todo lo gótico.
La disputa por cuidarnos durante los meses que duraría la ausencia de nuestros padres se desarrolló en todos los campos, menos en los de batalla. Para Giselle era una cuestión de honor, nos quería mucho y si perdía frente a su rival quedaría como una abuela inservible. Si no había sido una madre judía estaba decidida a ser una abuela judía. Omaria era más alta y más robusta pero menos astuta, y perdió. Para ella, tenernos hubiese sido como revivir, su destino de madre de un solo hijo la hizo sufrir el síndrome del nido vacío desde que mi padre se fue a vivir con mi madre, y nunca pudo recuperar su identidad materna, ella nos necesitaba pero se conformaba.
Esa tarde de la visita de la abuela Omaria, Giselle estaba como sobre ascuas, había enviado un cuento a un concurso y era el día en que darían a conocer el resultado. Normalmente nos hubiera enviado a la plaza con Salus, para poder salir tranquila a tomar un te en una confitería del centro, sola, a rezar para ganar el concurso. Omaria le fundió el programa
Giselle se sentó en la sala con una carpetita de crochet en las manos, la había comenzado cuando mis padres viajaron y nunca más la tejió, solo cuando Omaria anunciaba su presencia ella recordaba que alguna tarea doméstica sabía hacer y volvía a la carpetita. Nosotras, luego de la pizza, estábamos satisfechas y aguardábamos el postre que, seguramente traería la otra abuela, la dulcera.
En tanto aguardábamos, Giselle preguntaba cómo nos iba en la escuela y que habíamos aprendido últimamente. En cuanto podía, nos contaba alguna travesura suya en sus tiempos de colegiala, nos reíamos con ella y Omaria solía encontrarnos de muy buen humor. Ambas abuelas tomaban el te con gestos muy educados, eran actrices aficionadas que interpretaban sus roles mejor que muchas actrices conocidas. Hasta que, al oscurecer, cuando ya las nubes de las seis comenzaban a enturbiar el cielo del otoño porteño, Omaria se preparaba para ir a su casa. Giselle, a estas alturas se sentía mas tranquila, la abuela Omaria no nos llevaría con ella al lejano barrio donde tenia una quinta llena de árboles frutales. Al despedirse, se daban abrazos muy cordiales y, las dos quedaban con la satisfacción del deber cumplido.
En esos meses de ausencia de mis padres, yo aprendí a maquillarme con toda la batería de afeites de Giselle. Ella no se enojaba si yo permanecía en silencio, mirando como se transformaba. Además me inculcaba reglas de belleza que me ayudan hasta hoy, como mantener el cutis limpio, acariciarlo con cremas limpiadoras y luego humectarlo con sustancias naturales, como el rocío que quedaba preso de los pétalos de las rosas del jardín o el líquido que vivía en el interior de las carnosas hojas del aloe.
Giselle, cuando adoptaba su personalidad de escritora se sentía libre de vestirse como se le daba la gana. Una tarde debía concurrir a una reunión con las chicas de EPA (Escritoras Pasionales Argentinas) y, como había estado leyendo sobre la vida de una escritora judía, nacida en Kiev y muerta en un campo de concentración luego de ser capturada en una provincia francesa, mi abuela Giselle decidió vestirse a la moda de 1941. Se puso un vestido de jersey negro, que había sido de su madre y le caía hasta los tobillos; se calzó mis zapatos Guillermina y transformó una gorra tejida de color rosa en una sombrerito coqueto atravesado por una pluma tornasolada del loro Epaminondas – loro sagrado de mi abuelo- y, con varias vueltas de collares de perlas falsas y muchas ojeras artificiales, partió rumbo al te de las consocias de tan respetable club de escritoras.
A su vuelta la oí comentar que Melina Di Tore había sido la única en criticar su atuendo, pero mi abuela había respondido que “Una escritora es una artista y puede vestirse como quiera”.
Hasta hoy añoro aquellos días con mi abuelita Giselle.

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miércoles, 19 de mayo de 2010

Diego Sánchez Haase - retrato de un artista


ANIMAL DE RADIO Y DE TV

DIEGO SANCHEZ HAASE - Retrato de un artista

El martes 18 de mayo, el maestro Diego Sánchez Haase cumplió 40 años y lo festejó brindando un concierto magnífico, en el que, por supuesto, incluyó obras de Juan Sebastián Bach, el compositor más ilustre de la música barroca muy admirado por Sánchez Haase. Este regalo homenaje – fue regalo para el público y un homenaje al Maestro- estuvo muy concurrido por cierto y tuvo lugar en el Auditorio del Amba`y de la Universidad del Norte. En esa casa de estudios Sánchez Haase se desempeña como director de la orquesta de la Uninorte –creada por él- y ocupa un alto cargo en la Facultad de Post grado.
Antes de que la música iniciara su embrujo, fue proyectado un video sobre la vida de Diego. En el mismo pudimos verlo sonriente, mirando la cámara fotográfica cuando aún era un niño, en la escuela Don Bosco de Villarrica. Lo vimos tocando el arpa, primer instrumento que eligió para expresarse musicalmente, observamos a su madre hablando de él, de su Diego, el hijo que pudo cumplir sus sueños de infancia y ser un gran músico como se lo había propuesto desde que se sintió invadido por las notas. La quieta ciudad guaireña desfiló con sus calles tradicionales y Diego volvió sobre sus pasos hasta la escuela donde aprendió sus primeras letras, cuando era un alumnito de primer grado. Entre los valores que Diego Sánchez Haase agradeció a sus padres habérselos inculcado, se encuentran la sencillez, la honradez y, aunque no lo enumeró, pienso que también de ellos supo lo que era el agradecimiento, por eso es que compuso un tema al Karumbé – “vehículo” que usan los extranjeros que llegamos hasta la terminal de ómnibus de Villarrica y que también es uno de los preferidos por los hermanos gua í.
Al terminar el video habló el Maestro Sánchez Haase y además de agradecer a sus padres, a su esposa –música como él, que lo miró arrobada desde el coro cuando él dirigía – y a sus profesores, tuvo unas palabras muy reveladoras para los músicos de su orquesta “que soportan mis estallidos de furia cuando algo no sale bien y comparten mis alegrías cuando todo está bien hecho”. Ese párrafo especial lo desnudó como un apasionado perfeccionista que no se da tregua a si mismo y tampoco a los de su equipo porque sabe que pueden dar más y más, hasta el límite que él imponga
Sánchez Haase se presentó como el resultado de la educación que le brindó su familia, su padre haciéndole escuchar los conciertos y aclarando sus dudas y su madre que le dio su bendición cuando comprobó que no había otro destino para él sino la música. Ellos le dijeron que amara las cosas sencillas, que debía alejarse de las vanidades y de los oropeles y que lo mejor para una persona es ser auténtica.
Ese Diego es la perfecta armonía entre la disciplina germana por vía materna y de la pasión paraguaya, por el padre. Escuchar un concierto dirigido por él es como entrar en otro mundo y si nos lleva a la música barroca, es visitar el paraíso.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Analfabetos informáticos

Tomando como punto de partida la llamada de una amiga, escritora muy culta, he decidido confesar que comparto con ella una gran ignorancia referente a los secretos del mundo internautico. Apenas sabemos, las dos y muchas más,realizar las operaciones más comunes, como usar el procesador de textos, responder el correo, enviar algunas fotos aplicando el método de error, eror y FINALMENTE el éxito (pasos que olvidamos apenas nos levantamos de la silla). Estoy segura que si dominamos la lengua castellana, con sus giros y modernidades varias, tambien estamos capacitadas para sacar partido de esta máquina maravillosa que es el ordenador, jhei los espñoles kuera.
Si acudimos a nuestros hijos o nietos, vemos que sus dedos vuelan y tocan teclas o puntos G de la maldita y rebelde computadora y consiguen lo que quieren en milésimas de segundos. Es inutil pedirles que vayan más lentamente, que nuestras neuronas artríticas entienden pero con retardo, ellos están siempre muy apurados, porque ... es la vida que los alcanza. También hay jovencitas y joventcitos con buena voluntad, pero no pueden aguardar a que nuestras mentes archiven esos nuevso conocimientos y no les den delete. Es una lucha y pretendemso ir venciendo batalla a batalla, seremos lentas pero seguras. Nada es imposible para quien ha creado mundos y personas, seres que recorren el mundo desde las páginas que creamos. Ya les iré contando nuestros progresos.

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Lita Pérez Cáceres

jueves, 18 de febrero de 2010

COMENTARIO DE LIBRO

La hija del sepulturero
La hija del sepulturero - Joyce Carol Oates
Alfaguara - 2009

Un drama terrible, sucedido en un desconocido pueblito americano pone
a Rebecca Schwart en primer plano, es la única de su familia que
sigue viviendo en ese lugar donde todo le recuerda que su padre
mató a su madre y luego se mató a sí mismo. Luego aparece la
salvación en la persona de un sujeto que la hechiza por su poder y por
su pasión. De su matrimonio con ese hombre nace un hijo y con él, el
despertar de Rebecca que logra ver su realidad sin el velo del amor.
Cuando ella escapa de su marido se inicia el segundo drama y Oates nos
transporta en la mochila de Rebecca, hasta el final.
Rebecca está destinada a ser una fugitiva y, como tal, debe
amoldarse a las diferentes circunstancias que su destino le pone
delante. Es un reto casi imposible de vencer, no
obstante, ella tiene un hijo y el deber de protegerlo la empuja a
ser creativa, a intensificar su poder de observación, a manipular a
quienes desconocen su historia y así llega a darle una educación
esmerada y una oportunidad para que su talento brille y triunfe.
Este es un libro que habla de desarraigos, una obra conmovedora, es la
saga de una familia que no encuentra su lugar en el mundo hostil y
discriminatorio contra los inmigrantes, olvidando que todos, alguna
vez, lo fuimos.
Joyce Carol Oates no elige seres débiles ni mediocres para hacerlos héroes
de sus historias, antes bien, son sobrevivientes decididos a todo para
aferrarse a esto que se llama vida. Rebecca Schwart es hija de una
familia de inmigrantes que llegan al puerto de Nueva York el día que
ella hace su entrada a este mundo. Sus padres saben que deberán
amoldarse a una nueva sociedad, a un nuevo idioma y a reglas extrañas,
saben que el pasado quedó, inevitablemente atrás y comienzan a vivir
en una sociedad profundamente discriminante, que aborrece todo lo
extraño y denigra a los raros. Los padres y los hermanos de Rebecca
viven o transcurren, en los límites del cementerio de un pueblo sin
importancia, como tantos otros. Pero están últimos en la escala
social y eso hace mella en los padres de Rebecca que ya nunca más se
verán a si mismos como el profesor de matemáticas y la cantante
lírica que fueron. Jacob y Anna se sumergen en un proceso de
bestialización. Dejan de tener sueños, solo pretenden durar lo más que
puedan.
Los hijos varones llegan a la confrontación con el padre, que ya
presentaba un proceso avanzado de alienación, y resuelven el
conflicto marchándose. A ellos los perdió la falta de cuidados, de amor, de abrazos.
Es tanta la fuerza de ese personaje, es tan grande su determinación de
salvarse de un destino que le aparecía como inevitable, que arrastra
al lector en su huída, lo hace cómplice de sus trampas y de sus
mentiras, creadas solamente para escapar a la muerte personificada en
un hombre cruel que le parece la reencarnación de su
padre. Como en aquellas inolvidables tragedias griegas, en La hija del
sepulturero, Joyce Carol Oates, pone los mismos elementos. Hay amor,
miedo al amor, hay odio y resentimiento, hay desprecio y compasión,
ansias de superación, pasión. No es una novela rosa, es negra, con
negros intensos que llevan a apreciar mucho los escasos momentos de
belleza que ofrece.
El estilo de Oates cambia siempre, en momentos parece tener el ritmo
del trotar de un perro gigante que huye de los hombres, un perro que
habla consigo mismo y así nos enteramos de sus planes. En otras
páginas las palabras surgen como las huellas de una serpiente que se
arrastra sigilosa para que sus enemigos no la descubran. El personaje
central opaca al coro, los otros, que también sufren y odian, y solo
sirven como complemento, como utilería que debe destacar el desempeño
de la prima donna.
En este libro donde la muerte está siempre presente, la autora somete
al lector a una tensión dramática que se convierte en una adicción.
El estilo vertiginoso de Oates convierten las 682 páginas en un festín.
O mejor, en una carrera hasta esa página final que los deja al borde un abismo, porque es totalmente inesperado, mucho más que sorprendente y hasta se podría decir que
contienen cierta ternura, cierta laxitud que se apodera de la
protagonista: Rebecca Schwart, descanso que nos permite tener tiempo para suspirar y para añorarla, inmediatamente.

domingo, 14 de febrero de 2010

De Ana, mi hija, para su abuelo.

I was walking alone down Palma street when I ran into my grandfather Humberto Pérez Cáceres. He invited me to have a snack at Lido’s bar an have a conversation because it had been a long time since the last time I have seen him. When we got to the bar and after we ordered our snacks, I asked my grandfather if he could tell me again why he was called the father of the modern journalism in Paraguay.
As modest as he was, he said he did not considered himself with that title. He said “I just wanted my country to be at the same or over the level of the others Latin countries”.
Then, he told me how he found out about newspaper’s machines and how he got into contact with Zuccolillo. But, the most amazing and my favourite part of the story, was how he trained the future staff of abc newspaper and that one of the young soldiers let` say, caught his attention. This young man, was Helio Vera. My grandfather said that he new from the beginning that Helio Vera was going was to succeed in journalism. Fortunately , he was right. When Helio`s subject was finished, the story, the story of abc foundation came to its end too and my grandfather said that he could also predict my future. But, when he was going to tell me his prediction, I was suddenly sitting at my desk in my house with several books of famous writers in front of me. After a couple of minutes I realized that I dreamed what I always wanted to, to be told the story of may grandfather by himself.