A pocos días del aniversario de su muerte, prefiero recordar al poeta con una anécdota que leí en unas memorias de Zelia Gatai, esposa de Jorge Amado. En ese libro ella rememora su estadía en París, de donde fueron echados con su ilustre esposo y su hijito de pocos meses, a pedido de la dictadura que gobernaba en Brasil. La pequeña familia se refugió en Checoeslovaquia, en un castillo que el gobierno comunista de ese país ofrecía a los escritores de manera gratuita para que se hospedaran por largas temporads y escribieran allí, comodamente instalados. El castillo estaba ocupado por otros poetas checos y por los empleados que los servían amablemente. Zelia se dedicaba a recorrer los alrededores mientras Jorge Amado se inspiraba. A veces llegaba hasta Praga, como cualquier turista. En esa hermosa ciudad vivía otro escritor que le había dejado en custodia su perro, cuando él salió de vacaciones. Era un schnautzer ( no se si está bien escrito) y ella tuvo que extremar su vigilancia, porque su bebé comenzaba a caminar y el perro a comer todo lo que encontraba a su paso, aunque fueran los objetos más increíbles. Cuando el dueño regresó, Zelia le contó lo que había hecho y el dueño prometió que lo corregiría.
De pronto llegaron de visita por Praga, Pablo Neruda y su esposa Matilde. El dueño del perro invitó a cenar a las dos parejas, a los Amado y a los Neruda. Era una noche muy agradable y Neruda estaba feliz como un niño porque estrenaba una chaqueta a cuadros comprada en París. Paseaba ufano por la sala mostrando su elegancia hasta que decidió sacársela, colgarla del respaldo de una silla e ir al comedor a gozar de la cena.
Mientras cenaban, el dueño de casa explicó que su perro había sido sometido a un tratamiento sicológico, por un gran especialista y que estaba totalmente curado de sus mañas.
La cena trasncurrió muy bien, hubo brinds y buenos deseos y, cuando llegó el momento de retirarse, Neruda fue a buscar su chaqueta. Encontró la mitad, la parte de abajo se la había comido integramente el perro. El poeta casi lloró pero comprendió que el famoso sicólogo era un timador.
viernes, 24 de septiembre de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
EL SANTO DE LA GUITARRA Y EL PERSEGUIDOR
Desde el momento en que conocí a Carlos Salcedo Centurión me impresionó como un hombre poseído por una gran obsesión. Esa obsesión, esa fiebre, esa pasión es Agustín Pío Barrios. Antes de la aparición de Salcedo en el escenario cultural y musical de este país, muchos paraguayos sabían, vagamente, que Mangoré había sido un gran guitarrista y que había vivido en su infancia, en San Juan Bautista. Me atrevo a decir que aparte de los concertistas de guitarra clásica, que lo admiraban, Barrios o Nitzuga Mangoré, era poco conocido por el pueblo, más inclinado a admirar a los creadores en música popular. Carlos Salcedo vino a sacudir el árbol de la memoria para que Barrios sea ubicado en el sitial que merece, al lado de otros grandes genios de la música de Paraguay.
Desde el momento en que Salcedo Centurión llega a la patria de sus padres, él nació en los Estados Unidos, comienza a luchar para que renazca el recuerdo de Mangoré. Algunos quedaron tocados por el hechizo de Barrios y su vida aventurera y romántica, otros continuaron tan indiferente como antes.
En Paraguay había no había “Mangoreanos”, que viene a ser como una secta de adoradores de Mangoré, cuyos afanes son: ir descubriendo – para los que lo ignoran - el talento infinito de ese compositor y guitarrista muerto en El Salvador en 1944. Sí existían en ese país, donde vivían sus alumnos, los que compartieron con el Maestro sus últimos años de vida. El Salvador –haciendo honor a su nombre- le tendió la mano cuando él se encontraba enfermo y cansado, en esa tierra Barrios halló apoyo, cariño y ganó la adoración de los discípulos que fueron llegando hasta su humilde casa para aprender los secretos de la guitarra clásica.
Carlos Salcedo seguía avanzando para cumplir sus metas: hacer que Barrios sea reconocido en su país natal, lograr que los tesoros mangoreanos queden aquí, como patrimonio nacional de los paraguayos, escribir su biografía y realizar un filme sobre la vida de Nitzuga Mangoré, autor de más de 200 composiciones para guitarra clásica.
Estos años fueron para Salcedo años de lucha, de insistir, de batallar para que la prensa especializada le diera espacio, años de pelear contra acusaciones infundadas, tiempo perdido para demostrar que, a pesar de ser gringo, no era millonario y que, si se ha embarcado en esa cruzada por Mangoré, lo hizo porque la cree una causa justa, como es evitar que la existencia de un genio como Agustín Pío Barrios cayera en el olvido y mucho menos que lo olvidaran los paraguayos.
Entre tantas iniciativas, llevadas a cabo con la colaboración de amigos contagiados de su pasión, las más conocidas son: la restauración del busto de Agustín Pío Barrios ubicado en el Parque Caballero; la emisión de una estampilla rememorando un aniversario muy importante del fallecimiento del guitarrista y compositor, que el Correo Paraguayo accedió a emitir. Salcedo consiguió que se devolviera una de las guitarras de Barrios, que un folklorista había llevado a su casa “para que no se robe” y que se encuentra actualmente el Museo de la Música, en el Centro Cultural “El Cabildo”. Carlos Salcedo fue caminando hasta San Juan Bautista, Misiones llevando un cuaderno similar al que acostumbraba a llevar Barrios en sus giras, recorriendo el camino inverso que siguió Mangoré en Paraguay, antes de salir al extranjero. En ese cuaderno o álbum, la gente que hablaba con él dejaba una impresión escrita sobre la iniciativa del investigador. Así, demorando varios días, este perseguidor de la historia de Barrios fue conociendo un Paraguay diferente, hablando con personas humildes y sinceras, que muy poco sabían de Mangoré.
Además, este “yanquiguayo” halló pruebas del paso de Barrios por Cuba, rescató programas de los conciertos del Maestro y los trajo para enriquecer el acervo paraguayo sobre el músico. También viajó a Salerno, Italia, tierra donde murió la esposa brasileña de Mangoré, Gloria Silva, allí se entrevistó con descendientes del segundo marido de Silva. Siguiendo la ruta mangoreana, los viajes más importantes que Salcedo hizo son a El Salvador, a Venezuela, al Brasil, a Cuba y en todos ellos encontró huellas dejadas por Barrios que fueron integradas a su investigación.
El aporte de Richard “Rico” Stover, concertista de guitarra y autor del libro “Seis Rayos de Plata”, biografía de Mangoré, es también importantísimo. Stover cayó hace años bajo el hechizo de Barrios, desde entonces se dedicó a difundir su música y a escribir su biografía. Hace muy poco tiempo, en abril de este año, luego de 20 años volvió a editar ese libro, ésta vez en Paraguay, con el mismo título y en una edición muy enriquecida por el aporte del Centro de Proyectos Barrios Mangoré, dirigido por Carlos Salcedo Centurión.
Con el resultado de su “persecución” Salcedo publica en 2007, un libro “Agustín Barrios MANGORE “EL INALCANZABLE”, en una edición de lujo, bilingüe e ilustrada con fotos inéditas hasta entonces y una historia completa de la vida del músico. Proyecto que le fue posible realizar gracias al apoyo decidido de Margarita Morselli, directora del Centro Cultural El Cabildo, quien obtuvo los fondos del Congreso Nacional, necesarios para la publicación del volumen.
El jueves 29 se estrenó en el Salón de Conferencias del Banco Central del Paraguay la película “Santo de la guitarra – la historia fantástica de Agustín Pío Barrios”, corolario –por ahora- de la titánica tarea emprendida por Carlos Salcedo Centurión. Él es el realizador, guionista, director y factotum para la concreción del filme, pero siempre destacó la colaboración valiosísima de cineastas locales como Agu Netto y otros que, sin dudar, lo acompañaron desde el inicio y se brindaron generosamente al proyecto. El Estado paraguayo no ayudó con un céntimo para la concreción de este filme que competirá desde ahora –durante dos años- en el circuito de grandes premios internacionales de cine documental. Carlos Salcedo golpeó todas las puertas de los organismos culturales que hubiesen podido ayudarlo, pero nadie respondió.
El Dr. Carlos Bracamonte, Víctor Urrutia, los hermanos Endrino, todos alumnos de Mangoré son protagonistas del filme, así como un gran amigo de Mangoré: Otto Schleusz –organizador de conciertos de Barrios en Alemania –.
Ellos son ilustres Mangoreanos salvadoreños, ya todos muertos. El último en fallecer fue Urrutia, a los 97 años, el 1º de agsoto de 2010. Salcedo fue avisado del fallecimiento por el Dr. Carlos Payés, mangoreano de ley, que es devoto admirador de Barrios. Payés tiene mucha participación en el documental, allí cuenta que fue él quien hizo conocer a John Williams las composiciones de Mangoré, en sus partituras originales.
SANTO DE LA GUITARRA, LA PELICULA
La película toca la sensibilidad de quien la mira, por su intensa y profunda belleza. Salcedo advirtió que la obra es un homenaje a los músicos y que las escenas de los ángeles – de antología - son un tributo a Tomás Alea, director de cine, cubano.
El último tramo de la vida de Agustín Pío Barrios es el núcleo del filme y es relatado por quienes fueron sus discípulos, ya muy ancianos cuando Salcedo los entrevistó. De allí proviene la riqueza formal y de fondo de esa película. También contiene valiosos testimonios de dos grandes músicos paraguayos, Sila Godoy y Felipe Sosa. El fondo musical es música de Mangoré y solo hay una creación del Maestro Felipe Sosa.
La película es más bien un docudrama, como lo denomina Salcedo, con mucho acierto porque no es un documental frío y técnico, hay en él un hilo narrativo, un eje central, y se puede escuchar la música interna, la de los sentimientos y la emoción.
Los alumnos que conocieron al Maestro, lo recuerdan, dan detalles de lo que fueron sus últimos años y siguen venerándolo. Creo que ningún actor profesional hubiese podido imprimir tanta vibración como la que estos hombres le dan a sus parlamentos.
Los que fueron discípulos de Barrios impresionan por la soledad en que viven, son hombres solos, enfermos, pobres y muy dignos, que lamentaban, aún en el momento de las entrevistas, que su Maestro no haya tenido más fortuna en el mundo artístico. La mayoría de las veces los obstáculos se debían a la envidia de sus colegas, como en el caso de Andrés Segovia, que prohibía a sus alumnos interpretar obras de Agustín Pío Barrios.
Para mi hay, dos escenas, en blanco y negro, dignas del mejor cine. Una de ellas es la de los ángeles, incluyendo el ángel arrodillado que, sencillamente podrían calificarse como inigualables. La otra es la del cementerio de los Ilustres, donde se ve a Bracamonte y a su amigo Otto, caminando lentamente, así como caminan los viejitos, muy despacio, porque no quieren irse todavía.
Lita Pérez Cáceres
Desde el momento en que Salcedo Centurión llega a la patria de sus padres, él nació en los Estados Unidos, comienza a luchar para que renazca el recuerdo de Mangoré. Algunos quedaron tocados por el hechizo de Barrios y su vida aventurera y romántica, otros continuaron tan indiferente como antes.
En Paraguay había no había “Mangoreanos”, que viene a ser como una secta de adoradores de Mangoré, cuyos afanes son: ir descubriendo – para los que lo ignoran - el talento infinito de ese compositor y guitarrista muerto en El Salvador en 1944. Sí existían en ese país, donde vivían sus alumnos, los que compartieron con el Maestro sus últimos años de vida. El Salvador –haciendo honor a su nombre- le tendió la mano cuando él se encontraba enfermo y cansado, en esa tierra Barrios halló apoyo, cariño y ganó la adoración de los discípulos que fueron llegando hasta su humilde casa para aprender los secretos de la guitarra clásica.
Carlos Salcedo seguía avanzando para cumplir sus metas: hacer que Barrios sea reconocido en su país natal, lograr que los tesoros mangoreanos queden aquí, como patrimonio nacional de los paraguayos, escribir su biografía y realizar un filme sobre la vida de Nitzuga Mangoré, autor de más de 200 composiciones para guitarra clásica.
Estos años fueron para Salcedo años de lucha, de insistir, de batallar para que la prensa especializada le diera espacio, años de pelear contra acusaciones infundadas, tiempo perdido para demostrar que, a pesar de ser gringo, no era millonario y que, si se ha embarcado en esa cruzada por Mangoré, lo hizo porque la cree una causa justa, como es evitar que la existencia de un genio como Agustín Pío Barrios cayera en el olvido y mucho menos que lo olvidaran los paraguayos.
Entre tantas iniciativas, llevadas a cabo con la colaboración de amigos contagiados de su pasión, las más conocidas son: la restauración del busto de Agustín Pío Barrios ubicado en el Parque Caballero; la emisión de una estampilla rememorando un aniversario muy importante del fallecimiento del guitarrista y compositor, que el Correo Paraguayo accedió a emitir. Salcedo consiguió que se devolviera una de las guitarras de Barrios, que un folklorista había llevado a su casa “para que no se robe” y que se encuentra actualmente el Museo de la Música, en el Centro Cultural “El Cabildo”. Carlos Salcedo fue caminando hasta San Juan Bautista, Misiones llevando un cuaderno similar al que acostumbraba a llevar Barrios en sus giras, recorriendo el camino inverso que siguió Mangoré en Paraguay, antes de salir al extranjero. En ese cuaderno o álbum, la gente que hablaba con él dejaba una impresión escrita sobre la iniciativa del investigador. Así, demorando varios días, este perseguidor de la historia de Barrios fue conociendo un Paraguay diferente, hablando con personas humildes y sinceras, que muy poco sabían de Mangoré.
Además, este “yanquiguayo” halló pruebas del paso de Barrios por Cuba, rescató programas de los conciertos del Maestro y los trajo para enriquecer el acervo paraguayo sobre el músico. También viajó a Salerno, Italia, tierra donde murió la esposa brasileña de Mangoré, Gloria Silva, allí se entrevistó con descendientes del segundo marido de Silva. Siguiendo la ruta mangoreana, los viajes más importantes que Salcedo hizo son a El Salvador, a Venezuela, al Brasil, a Cuba y en todos ellos encontró huellas dejadas por Barrios que fueron integradas a su investigación.
El aporte de Richard “Rico” Stover, concertista de guitarra y autor del libro “Seis Rayos de Plata”, biografía de Mangoré, es también importantísimo. Stover cayó hace años bajo el hechizo de Barrios, desde entonces se dedicó a difundir su música y a escribir su biografía. Hace muy poco tiempo, en abril de este año, luego de 20 años volvió a editar ese libro, ésta vez en Paraguay, con el mismo título y en una edición muy enriquecida por el aporte del Centro de Proyectos Barrios Mangoré, dirigido por Carlos Salcedo Centurión.
Con el resultado de su “persecución” Salcedo publica en 2007, un libro “Agustín Barrios MANGORE “EL INALCANZABLE”, en una edición de lujo, bilingüe e ilustrada con fotos inéditas hasta entonces y una historia completa de la vida del músico. Proyecto que le fue posible realizar gracias al apoyo decidido de Margarita Morselli, directora del Centro Cultural El Cabildo, quien obtuvo los fondos del Congreso Nacional, necesarios para la publicación del volumen.
El jueves 29 se estrenó en el Salón de Conferencias del Banco Central del Paraguay la película “Santo de la guitarra – la historia fantástica de Agustín Pío Barrios”, corolario –por ahora- de la titánica tarea emprendida por Carlos Salcedo Centurión. Él es el realizador, guionista, director y factotum para la concreción del filme, pero siempre destacó la colaboración valiosísima de cineastas locales como Agu Netto y otros que, sin dudar, lo acompañaron desde el inicio y se brindaron generosamente al proyecto. El Estado paraguayo no ayudó con un céntimo para la concreción de este filme que competirá desde ahora –durante dos años- en el circuito de grandes premios internacionales de cine documental. Carlos Salcedo golpeó todas las puertas de los organismos culturales que hubiesen podido ayudarlo, pero nadie respondió.
El Dr. Carlos Bracamonte, Víctor Urrutia, los hermanos Endrino, todos alumnos de Mangoré son protagonistas del filme, así como un gran amigo de Mangoré: Otto Schleusz –organizador de conciertos de Barrios en Alemania –.
Ellos son ilustres Mangoreanos salvadoreños, ya todos muertos. El último en fallecer fue Urrutia, a los 97 años, el 1º de agsoto de 2010. Salcedo fue avisado del fallecimiento por el Dr. Carlos Payés, mangoreano de ley, que es devoto admirador de Barrios. Payés tiene mucha participación en el documental, allí cuenta que fue él quien hizo conocer a John Williams las composiciones de Mangoré, en sus partituras originales.
SANTO DE LA GUITARRA, LA PELICULA
La película toca la sensibilidad de quien la mira, por su intensa y profunda belleza. Salcedo advirtió que la obra es un homenaje a los músicos y que las escenas de los ángeles – de antología - son un tributo a Tomás Alea, director de cine, cubano.
El último tramo de la vida de Agustín Pío Barrios es el núcleo del filme y es relatado por quienes fueron sus discípulos, ya muy ancianos cuando Salcedo los entrevistó. De allí proviene la riqueza formal y de fondo de esa película. También contiene valiosos testimonios de dos grandes músicos paraguayos, Sila Godoy y Felipe Sosa. El fondo musical es música de Mangoré y solo hay una creación del Maestro Felipe Sosa.
La película es más bien un docudrama, como lo denomina Salcedo, con mucho acierto porque no es un documental frío y técnico, hay en él un hilo narrativo, un eje central, y se puede escuchar la música interna, la de los sentimientos y la emoción.
Los alumnos que conocieron al Maestro, lo recuerdan, dan detalles de lo que fueron sus últimos años y siguen venerándolo. Creo que ningún actor profesional hubiese podido imprimir tanta vibración como la que estos hombres le dan a sus parlamentos.
Los que fueron discípulos de Barrios impresionan por la soledad en que viven, son hombres solos, enfermos, pobres y muy dignos, que lamentaban, aún en el momento de las entrevistas, que su Maestro no haya tenido más fortuna en el mundo artístico. La mayoría de las veces los obstáculos se debían a la envidia de sus colegas, como en el caso de Andrés Segovia, que prohibía a sus alumnos interpretar obras de Agustín Pío Barrios.
Para mi hay, dos escenas, en blanco y negro, dignas del mejor cine. Una de ellas es la de los ángeles, incluyendo el ángel arrodillado que, sencillamente podrían calificarse como inigualables. La otra es la del cementerio de los Ilustres, donde se ve a Bracamonte y a su amigo Otto, caminando lentamente, así como caminan los viejitos, muy despacio, porque no quieren irse todavía.
Lita Pérez Cáceres
viernes, 30 de julio de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
ESTHER BALLESTRINO DE CAREAGA
“Te ponemos un pentonaval y te mandamos para arriba” (Frases de los torturadores a los chupados antes de enviarlos a los vuelos de la muerte)
- Che, acá dice que la paraguasha nació en Villeta…
- ¿Qué hay con eso?
- Nada… que me llamó la atención porque allí también nació mi vieja, queda en la orilla del río.
- No me jodás Turco! Ahora resulta que la paraguasha nació cerca de un río y va a morir en otro río ¿viste las vueltas que da la vida?
- Sí, veo, … sabés que me da lástima, la pobre no puede comer ni hablar por la patada que el dio el Ángel en la boca, cuando ella lo escupió, en la sesión del miércoles.
- ¿Ah, si? ¿te da lástima? ¡Mirálo vos al Turco bueno! Ahora tiene lástima de una vieja puta y subversiva ¡No seas boludo! Si alguien escucha lo que decís sos boleta.
- Bueno, quiero decir que como la vieja es de la edad de mi vieja, que también es paraguasha, que se yo, no parece tan jodida como las otras. Ella ya se dio cuenta de lo que le espera, por los preparativos.
- ¿Se dio cuenta? ¿Ya sabe que le vamos a poner un pentonaval y que la vamos a mandar pa´rriba? Bueno, le hubieras pedido que te ponga en su testamento ¡PARA CON ESAS BOLUDECES, QUERÉS! Me hacés hervir la sangre, te lo juro. Esas no merecen ni una mirada de nosotros ¿o te creés que dudarían en meterte un tiro si tienen la oportunidad? Que cosa bárbara… cuando te ponés a decir esas cosas me da miedo porque si alguno de los chanchos se da cuenta, chau vos y chau yo. ¿Trajiste las jeringas?
- Me dieron una nada más, total no se van a contagiar de nada si usan la misma esas turras.
- Ja, ja, ja…claro que son unas turras. Así me gusta Turco.
La puerta del imponente y elegante edificio de la ESMA permanece abierta casi todo el día, como una boca voraz, siempre dispuesta a tragar a quienes se aventuran a entrar por ella. El caminante que pasa por allí ignora que el infierno se encuentra dentro de esas paredes. A nadie se le ocurre pensar que esos coches verdes, Ford Falcon, llevan prisioneros que luego depositan en las entrañas ocultas del local. Mirando desde afuera solo se ve un amplio palacete pintado de blanco con techo de pizarra y mansardas. Allí, supuestamente estudian mecánica los aspirantes. Salen ruidos de martillazos, de música a todo volumen, de agua que sale a mucha presión de las mangueras, todos son sonidos destinados a encubrir los gritos de los presos o chupados, subversivos según la policía y el ejército, que sufren sesiones de tortura en la huevera, cuarto que tiene sus paredes forradas con los cartones que protegen los envases de los huevos, para que no se escuchen los alaridos de los torturados.
En una celda de la zona de capuchas (nombre dado por los represores), Esther recuerda su vida anterior y se prepara para el viaje definitivo. Los prisioneros saben que habrá otro vuelo de la muerte y ella está segura de que le tocará partir. Antes fue una intuición, ahora, una certeza, por los detalles que se van sucediendo: primero, la alimentaron mejor y le permitieron sacarse la capucha y no la han venido a buscar para la sesión en la huevera.
Soy paraguaya, de Villeta, ese pueblo que duerme a la vera del río. Aún puedo recordar el olor a podrido de las aguas cuando traían en su cresta peces muertos, hinchados. Recuerdo al ahogado, a Centú, como si lo estuviera viendo en este momento, sin ojos y con las piernas carcomidas por algún monstruo que vivía en el fondo de las aguas que nos daban de comer y que nos asustaban en las noches de tormenta. Escucho la canción de mi madre cuando recoge la verdolaga para preparar alguna ensaladita para los tres: ella, mi abuelo y yo. Estoy parada en la playa esperando que regrese el abuelo de la pesca y me entretengo con las maripositas verdes que beben el agua de los charcos.
Esther era una gran amiga de Francisco y luego de conocer a Amanda, también se hizo amiga de ella, pero siempre priorizó su tarea política, por lo que tenía más afinidad con él que con ella. Esther y las hermanas Ibarra iban a las reuniones de los febreristas y las veíamos tan seguido que para nosotros, eran como de la familia.
Los paraguayos en el exilio conservaban sus costumbres gregarias, se juntaban, hablaban en guaraní y conspiraban para derrocar al gobierno que los había obligado a dejar la patria.
Esther y Raimundo Careaga se casaron y vivieron muy cerca de nuestra casa, con la madre de Careaga que era la machú de la casa, la verdadera ama de casa. Esther no podía dedicarse a su hogar porque trabajaba mucho, era bioquímica, atendía una farmacia y nunca abandono la militancia política. La mayoría de las reuniones se hacían en su casa, durante el fin de semana, la mama de Careaga cocinaba algún plato típico y el matrimonio dirigía la reunión. Cuando contrajo matrimonio Esther ya había pasado la edad usual para esos compromisos, al menos en aquellos años cuando el fenómeno de los niños de probeta o el de los vientres de alquiler era impensable, por eso la noticia de que estaba embarazada la llenó de alegría, lo mismo sucedió con Careaga. Al poco tiempo de nacer su primera hija, apenas unos meses después quedó embarazada nuevamente y tuvo hasta una tercera hija, a los 50 años, en la etapa que mayoría de las mujeres se quejan de la menopausia. Para Esther sus hijas fueron una bendición y vivía inmensamente feliz al ser madre, feliz de realizarse como mujer, destino de maternidad del que ninguna reniega, por más lucha política en que esté inmersa.
Una vez me invitó a pasar las vacaciones con su familia, en un apartamento alquilado, en Mar del Plata. Me parece verla con una de sus bebas en brazos, hablando con su suegra que, por supuesto, era de la partida, y haciendo programas para salidas a cenar en los restaurantes de la parte céntrica de la ciudad. El departamento no era muy grande y nos acomodamos casi 10 personas, incluyendo las criaturas. Esther tenía el don de saber organizar todo y nadie se quejaba de la falta de espacio, todos gozábamos de esos días de holganza, de aire salobre, de sol y de mar.
. Lo que le sucedió a ella, pasó durante la dictadura militar, en esos años de plomo cuando los asesinatos, las torturas y las desapariciones eran moneda corriente.
Nosotros ya vivíamos en Asunción y no estábamos muy enterados de la siniestra persecución a los guerrilleros y a sus familias. Una noche Francisco regresó del centro y contó que Esther estaba desaparecida. Raimundo, su esposo, la había buscado en todas las comisarías, había hablado con políticos, con las personas influyentes que él había conocido y con todo aquel que pudiera saber el destino de su esposa, pero fue inútil. Ella había militado en la organización de Madres de la Plaza de Mayo.
Una de las hijas del matrimonio, Ana María, estaba de novia con un joven que activaba en una organización política prohibida en ese momento de la dictadura militar. En una ocasión en que debía encontrarse con él, sin saber que el muchacho había sido apresado, ella acudió a la cita.
De ese lugar la secuestró la policía paralela y la “chupó” – termino
utilizado para indicar que desaparecería y que la podrían matar-. Desde ese momento Esther y Raimundo la buscaron sin descanso y hablaron con altos jefes políticos para que movieran influencias y salvaran a la joven de tan solo 17 años. Ana María estaba embarazada. Una de esas llaves que tocaron los padres de Ana María abrió la puerta secreta y liberaron a la jovencita. Podemos imaginar la alegría de la familia al recibir a la hija perdida, los Careaga habían obtenido la visa de Suecia para instalarse allí como refugiados políticos y debían partir en pocos días.
Sus compañeras del grupo de Madres de Plaza de Mayo invitaron a Esther a una misa, ella dijo que iría, esa sería la última actividad que compartiría con el grupo de Madres ya que al día siguiente partiría con su familia rumbo a Suecia. Poco tiempo atrás, se había infiltrado en ese grupo, un joven rubio que aseguró ser el hermano de un desaparecido. Cuando la misa terminaba, con la iglesia llena de familiares de desparecidos, el joven rubio señaló a dos monjas francesas y a Esther. Ellas fueron chupadas por grupos que habían copado las salidas del templo. Después se supo que el delator había sido Aztiz, un marino que integraba las fuerzas de la represión.
La mía fue una infancia feliz mientras duró, después murió mi madre y mi taitá no tuvo coraje para criarme él solo, por eso me regaló a doña Restituta Rejala, la usurera del pueblo. Con ella se terminó el tiempo de mirar mariposas y empezaron mis responsabilidades.
Trabajé cinco años por la comida, yo lavaba, planchaba, cocinaba, regaba las plantas, daba de comer a las gallinas, cebaba el mate de madrugada y masajeaba las piernas cansadas de la abuela Teodora. A cambio tenía casa, comida y tiempo para estudiar. Me propuse ser alguien y lo conseguí. Fui una joven seria y solitaria y cuando me recibí de maestra normal, todo lo que había ahorrado de lo que me pagaban por lavar y planchar la ropa de las ahijadas de doña Restituta, lo gasté en un pasaje para Asunción.
Esther organizó a sus compañeras de trabajo y formó un comité femenino, militó después activamente en el Partido Revolucionarios Febrerista y tuvo que irse del país porque sus ideas políticas ponían en peligro su libertad. Hasta hoy viven algunos de aquellos que fueron mozos entonces y que solicitaron su ayuda cuando se sintieron perseguidos.
Una vez presa no tuvo la suerte de su hija, ella nunca más apareció. De acuerdo a testimonios de algunos prisioneros sobrevivientes, se supo, luego de caída la dictadura militar, que ella había estado prisionera en la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), en una sección llamada “capucha”, junto a las dos monjas francesas capturadas el mismo día en la Iglesia de la Santa Cruz, y con otro grupo de familiares de desaparecidos. No duraron mucho en ese lugar, en menos de un mes, se les dio la dosis de pentonaval (droga que los sedaba) las subieron a un avión y las enviaron a lo que -entre los represores- denominaban vuelos de la muerte. Los cuerpos eran arrojados desde el aire al Río de la Plata y caían, a veces en el agua y otras no.
Fue así que un grupo de esos prisioneros caídos cerca de la localidad de General Lavalle tuvieron el destino de ser enterrados en una fosa común del cementerio de esa población. Muchos años después, cuando se iniciaron las investigaciones sobre las atrocidades cometidas por los militares, esos restos enterrados en Gral. Lavalle fueron exhumados y se comprobó que habían pertenecido, un grupo, a Esther Ballestrino de Careaga. Hoy, ella duerme en paz en el jardín de la Iglesia de la Santa Cruz.
Es un círculo el de mi vida, un círculo perfecto. Mi cuerpo, comido por los peces del caudaloso torrente no siente nada, ya estoy muerta. He sido devuelta a las aguas, porque de ellas salí cuando nací. Mi espíritu ha reconocido el viejo camino y sobre las aguas marrones, profundas y vitales, quise volar al norte, hasta el punto donde se encuentran el Paraná y el Paraguay, nuestras aguas madres. He llegado por fín.
Las fuerzas policiales de la dictadura la habían asesinado pero no pudieron borrar a Esther de nuestra memoria, ella sigue alentando en nuestros recuerdos.
- Che, acá dice que la paraguasha nació en Villeta…
- ¿Qué hay con eso?
- Nada… que me llamó la atención porque allí también nació mi vieja, queda en la orilla del río.
- No me jodás Turco! Ahora resulta que la paraguasha nació cerca de un río y va a morir en otro río ¿viste las vueltas que da la vida?
- Sí, veo, … sabés que me da lástima, la pobre no puede comer ni hablar por la patada que el dio el Ángel en la boca, cuando ella lo escupió, en la sesión del miércoles.
- ¿Ah, si? ¿te da lástima? ¡Mirálo vos al Turco bueno! Ahora tiene lástima de una vieja puta y subversiva ¡No seas boludo! Si alguien escucha lo que decís sos boleta.
- Bueno, quiero decir que como la vieja es de la edad de mi vieja, que también es paraguasha, que se yo, no parece tan jodida como las otras. Ella ya se dio cuenta de lo que le espera, por los preparativos.
- ¿Se dio cuenta? ¿Ya sabe que le vamos a poner un pentonaval y que la vamos a mandar pa´rriba? Bueno, le hubieras pedido que te ponga en su testamento ¡PARA CON ESAS BOLUDECES, QUERÉS! Me hacés hervir la sangre, te lo juro. Esas no merecen ni una mirada de nosotros ¿o te creés que dudarían en meterte un tiro si tienen la oportunidad? Que cosa bárbara… cuando te ponés a decir esas cosas me da miedo porque si alguno de los chanchos se da cuenta, chau vos y chau yo. ¿Trajiste las jeringas?
- Me dieron una nada más, total no se van a contagiar de nada si usan la misma esas turras.
- Ja, ja, ja…claro que son unas turras. Así me gusta Turco.
La puerta del imponente y elegante edificio de la ESMA permanece abierta casi todo el día, como una boca voraz, siempre dispuesta a tragar a quienes se aventuran a entrar por ella. El caminante que pasa por allí ignora que el infierno se encuentra dentro de esas paredes. A nadie se le ocurre pensar que esos coches verdes, Ford Falcon, llevan prisioneros que luego depositan en las entrañas ocultas del local. Mirando desde afuera solo se ve un amplio palacete pintado de blanco con techo de pizarra y mansardas. Allí, supuestamente estudian mecánica los aspirantes. Salen ruidos de martillazos, de música a todo volumen, de agua que sale a mucha presión de las mangueras, todos son sonidos destinados a encubrir los gritos de los presos o chupados, subversivos según la policía y el ejército, que sufren sesiones de tortura en la huevera, cuarto que tiene sus paredes forradas con los cartones que protegen los envases de los huevos, para que no se escuchen los alaridos de los torturados.
En una celda de la zona de capuchas (nombre dado por los represores), Esther recuerda su vida anterior y se prepara para el viaje definitivo. Los prisioneros saben que habrá otro vuelo de la muerte y ella está segura de que le tocará partir. Antes fue una intuición, ahora, una certeza, por los detalles que se van sucediendo: primero, la alimentaron mejor y le permitieron sacarse la capucha y no la han venido a buscar para la sesión en la huevera.
Soy paraguaya, de Villeta, ese pueblo que duerme a la vera del río. Aún puedo recordar el olor a podrido de las aguas cuando traían en su cresta peces muertos, hinchados. Recuerdo al ahogado, a Centú, como si lo estuviera viendo en este momento, sin ojos y con las piernas carcomidas por algún monstruo que vivía en el fondo de las aguas que nos daban de comer y que nos asustaban en las noches de tormenta. Escucho la canción de mi madre cuando recoge la verdolaga para preparar alguna ensaladita para los tres: ella, mi abuelo y yo. Estoy parada en la playa esperando que regrese el abuelo de la pesca y me entretengo con las maripositas verdes que beben el agua de los charcos.
Esther era una gran amiga de Francisco y luego de conocer a Amanda, también se hizo amiga de ella, pero siempre priorizó su tarea política, por lo que tenía más afinidad con él que con ella. Esther y las hermanas Ibarra iban a las reuniones de los febreristas y las veíamos tan seguido que para nosotros, eran como de la familia.
Los paraguayos en el exilio conservaban sus costumbres gregarias, se juntaban, hablaban en guaraní y conspiraban para derrocar al gobierno que los había obligado a dejar la patria.
Esther y Raimundo Careaga se casaron y vivieron muy cerca de nuestra casa, con la madre de Careaga que era la machú de la casa, la verdadera ama de casa. Esther no podía dedicarse a su hogar porque trabajaba mucho, era bioquímica, atendía una farmacia y nunca abandono la militancia política. La mayoría de las reuniones se hacían en su casa, durante el fin de semana, la mama de Careaga cocinaba algún plato típico y el matrimonio dirigía la reunión. Cuando contrajo matrimonio Esther ya había pasado la edad usual para esos compromisos, al menos en aquellos años cuando el fenómeno de los niños de probeta o el de los vientres de alquiler era impensable, por eso la noticia de que estaba embarazada la llenó de alegría, lo mismo sucedió con Careaga. Al poco tiempo de nacer su primera hija, apenas unos meses después quedó embarazada nuevamente y tuvo hasta una tercera hija, a los 50 años, en la etapa que mayoría de las mujeres se quejan de la menopausia. Para Esther sus hijas fueron una bendición y vivía inmensamente feliz al ser madre, feliz de realizarse como mujer, destino de maternidad del que ninguna reniega, por más lucha política en que esté inmersa.
Una vez me invitó a pasar las vacaciones con su familia, en un apartamento alquilado, en Mar del Plata. Me parece verla con una de sus bebas en brazos, hablando con su suegra que, por supuesto, era de la partida, y haciendo programas para salidas a cenar en los restaurantes de la parte céntrica de la ciudad. El departamento no era muy grande y nos acomodamos casi 10 personas, incluyendo las criaturas. Esther tenía el don de saber organizar todo y nadie se quejaba de la falta de espacio, todos gozábamos de esos días de holganza, de aire salobre, de sol y de mar.
. Lo que le sucedió a ella, pasó durante la dictadura militar, en esos años de plomo cuando los asesinatos, las torturas y las desapariciones eran moneda corriente.
Nosotros ya vivíamos en Asunción y no estábamos muy enterados de la siniestra persecución a los guerrilleros y a sus familias. Una noche Francisco regresó del centro y contó que Esther estaba desaparecida. Raimundo, su esposo, la había buscado en todas las comisarías, había hablado con políticos, con las personas influyentes que él había conocido y con todo aquel que pudiera saber el destino de su esposa, pero fue inútil. Ella había militado en la organización de Madres de la Plaza de Mayo.
Una de las hijas del matrimonio, Ana María, estaba de novia con un joven que activaba en una organización política prohibida en ese momento de la dictadura militar. En una ocasión en que debía encontrarse con él, sin saber que el muchacho había sido apresado, ella acudió a la cita.
De ese lugar la secuestró la policía paralela y la “chupó” – termino
utilizado para indicar que desaparecería y que la podrían matar-. Desde ese momento Esther y Raimundo la buscaron sin descanso y hablaron con altos jefes políticos para que movieran influencias y salvaran a la joven de tan solo 17 años. Ana María estaba embarazada. Una de esas llaves que tocaron los padres de Ana María abrió la puerta secreta y liberaron a la jovencita. Podemos imaginar la alegría de la familia al recibir a la hija perdida, los Careaga habían obtenido la visa de Suecia para instalarse allí como refugiados políticos y debían partir en pocos días.
Sus compañeras del grupo de Madres de Plaza de Mayo invitaron a Esther a una misa, ella dijo que iría, esa sería la última actividad que compartiría con el grupo de Madres ya que al día siguiente partiría con su familia rumbo a Suecia. Poco tiempo atrás, se había infiltrado en ese grupo, un joven rubio que aseguró ser el hermano de un desaparecido. Cuando la misa terminaba, con la iglesia llena de familiares de desparecidos, el joven rubio señaló a dos monjas francesas y a Esther. Ellas fueron chupadas por grupos que habían copado las salidas del templo. Después se supo que el delator había sido Aztiz, un marino que integraba las fuerzas de la represión.
La mía fue una infancia feliz mientras duró, después murió mi madre y mi taitá no tuvo coraje para criarme él solo, por eso me regaló a doña Restituta Rejala, la usurera del pueblo. Con ella se terminó el tiempo de mirar mariposas y empezaron mis responsabilidades.
Trabajé cinco años por la comida, yo lavaba, planchaba, cocinaba, regaba las plantas, daba de comer a las gallinas, cebaba el mate de madrugada y masajeaba las piernas cansadas de la abuela Teodora. A cambio tenía casa, comida y tiempo para estudiar. Me propuse ser alguien y lo conseguí. Fui una joven seria y solitaria y cuando me recibí de maestra normal, todo lo que había ahorrado de lo que me pagaban por lavar y planchar la ropa de las ahijadas de doña Restituta, lo gasté en un pasaje para Asunción.
Esther organizó a sus compañeras de trabajo y formó un comité femenino, militó después activamente en el Partido Revolucionarios Febrerista y tuvo que irse del país porque sus ideas políticas ponían en peligro su libertad. Hasta hoy viven algunos de aquellos que fueron mozos entonces y que solicitaron su ayuda cuando se sintieron perseguidos.
Una vez presa no tuvo la suerte de su hija, ella nunca más apareció. De acuerdo a testimonios de algunos prisioneros sobrevivientes, se supo, luego de caída la dictadura militar, que ella había estado prisionera en la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), en una sección llamada “capucha”, junto a las dos monjas francesas capturadas el mismo día en la Iglesia de la Santa Cruz, y con otro grupo de familiares de desaparecidos. No duraron mucho en ese lugar, en menos de un mes, se les dio la dosis de pentonaval (droga que los sedaba) las subieron a un avión y las enviaron a lo que -entre los represores- denominaban vuelos de la muerte. Los cuerpos eran arrojados desde el aire al Río de la Plata y caían, a veces en el agua y otras no.
Fue así que un grupo de esos prisioneros caídos cerca de la localidad de General Lavalle tuvieron el destino de ser enterrados en una fosa común del cementerio de esa población. Muchos años después, cuando se iniciaron las investigaciones sobre las atrocidades cometidas por los militares, esos restos enterrados en Gral. Lavalle fueron exhumados y se comprobó que habían pertenecido, un grupo, a Esther Ballestrino de Careaga. Hoy, ella duerme en paz en el jardín de la Iglesia de la Santa Cruz.
Es un círculo el de mi vida, un círculo perfecto. Mi cuerpo, comido por los peces del caudaloso torrente no siente nada, ya estoy muerta. He sido devuelta a las aguas, porque de ellas salí cuando nací. Mi espíritu ha reconocido el viejo camino y sobre las aguas marrones, profundas y vitales, quise volar al norte, hasta el punto donde se encuentran el Paraná y el Paraguay, nuestras aguas madres. He llegado por fín.
Las fuerzas policiales de la dictadura la habían asesinado pero no pudieron borrar a Esther de nuestra memoria, ella sigue alentando en nuestros recuerdos.
domingo, 27 de junio de 2010
Así comenzaba mi novela
Visto y considerando que he perdido como en la guerra- en el concurso Roa Bastos- les regalo a mis seguidores, este trozo de la última novela que escribí
HUMBERTO Y AMANDA
Paraguay, 1965-1990
Hubo días en que el hambre acechaba. Ella, que nunca perdió las esperanzas, buscaba en silencio y en la oscuridad, sus dedos sabían más que sus ojos. Todos los bolsillos pasaban por aquel registro suave y ansioso. Ella conocía escondites secretos, en medias, en latas vacías, detrás de algún libro … y cuando todo sonaba hueco, cuando el espacio recorrido por la mano no brindaba nada, ni un billete gastado y sucio, cuando
el alba amenazaba iluminar un fogón apagado, ella rezaba. Rezaba con desesperación, machacaba las oraciones y las lanzaba al cielo indiferente.
Todos dormían en la casa y podía llorar a gusto, pero tenía ganas de gritar hasta quedar sin voz, sin hambre, sin responsabilidades. Al cabo de un tiempo no le quedaba otro camino que peinarse, tomar el bolso y caminar - acompañada por sus perros – hasta la despensa del coreano a pedirle leche, galleta, café, a suplicarle que le fiara otra vez. Lo pedía con tanta dignidad.
A su regreso encendía el carbón, ponía la pava para calentar agua y cebaba el café, después hervía la leche y colocaba sobre la mesa las dos únicas tazas sanas que le quedaban de una mermada y humilde vajilla y después… se sentaba a esperar. Esperaba que el aroma del café despertara a los durmientes, esperaba escuchar sus voces y se sentía muy feliz cuando ellos podían desayunar sin saber cuánto le había costado conseguir que ese milagro cotidiano volviera producirse. Ella era una santa. Ella, era mi madre.
Buenos Aires -1947-1965
El podía reír desde la mañana hasta la noche, él inventaba palabras para uso exclusivo de la familia, él nos enseñó a soñar, a despreciar las apariencias, a vivir en libertad.
Su solidaridad podía molestarnos. Cuántas veces nuestra casa parecía un palomar lleno de gente extraña. Eran seres delgados, silenciosos y tímidos que aceptaban la hospitalidad mucho tiempo más allá de lo prudente y educado. Esa gente llegaba desde aquel mítico país que no conocíamos, con el olor del miedo que aún no habían superado; esos hombres que apenas hablaban en castellano, miraban pasar las horas y se preguntaban qué harían en esa ciudad tan grande, desconocida y llena de sonidos y olores incomprensibles para ellos, acostumbrados al perfume a flor de coco en el verano y a tierra mojada cuando llovía, allá, en el Paraguay cada vez más añorado. Él les hablaba, les ayudaba a recuperar la confianza, les conseguía trabajo y los alojaba en nuestra casa hasta que podían valerse por sus propias fuerzas para salir a pelear la vida.
Él nos contaba historias increíbles, nos invitaba a entrar en sus locos y osados proyectos y lograba hacernos olvidar la pobreza y las deudas. Él nos hacía sentir reyes y reinas. Él era un mago, él era mi padre.
Los dos se animaron a formar una familia, pero a la manera que pudieron, lejos de tabues familiares y de reglas impuestas por la tradición y por un cerrado fanatismo religioso. Los cincos hijos de Humberto y Amanda (desde ahora Chiquita) les agradecemos el hecho de habernos formado totalmente libres de imposiciones católicas. Crecimos sin saber lo qué era pecado. Gracias, mil veces gracias por eso, papá y mamá.
HUMBERTO Y AMANDA
Paraguay, 1965-1990
Hubo días en que el hambre acechaba. Ella, que nunca perdió las esperanzas, buscaba en silencio y en la oscuridad, sus dedos sabían más que sus ojos. Todos los bolsillos pasaban por aquel registro suave y ansioso. Ella conocía escondites secretos, en medias, en latas vacías, detrás de algún libro … y cuando todo sonaba hueco, cuando el espacio recorrido por la mano no brindaba nada, ni un billete gastado y sucio, cuando
el alba amenazaba iluminar un fogón apagado, ella rezaba. Rezaba con desesperación, machacaba las oraciones y las lanzaba al cielo indiferente.
Todos dormían en la casa y podía llorar a gusto, pero tenía ganas de gritar hasta quedar sin voz, sin hambre, sin responsabilidades. Al cabo de un tiempo no le quedaba otro camino que peinarse, tomar el bolso y caminar - acompañada por sus perros – hasta la despensa del coreano a pedirle leche, galleta, café, a suplicarle que le fiara otra vez. Lo pedía con tanta dignidad.
A su regreso encendía el carbón, ponía la pava para calentar agua y cebaba el café, después hervía la leche y colocaba sobre la mesa las dos únicas tazas sanas que le quedaban de una mermada y humilde vajilla y después… se sentaba a esperar. Esperaba que el aroma del café despertara a los durmientes, esperaba escuchar sus voces y se sentía muy feliz cuando ellos podían desayunar sin saber cuánto le había costado conseguir que ese milagro cotidiano volviera producirse. Ella era una santa. Ella, era mi madre.
Buenos Aires -1947-1965
El podía reír desde la mañana hasta la noche, él inventaba palabras para uso exclusivo de la familia, él nos enseñó a soñar, a despreciar las apariencias, a vivir en libertad.
Su solidaridad podía molestarnos. Cuántas veces nuestra casa parecía un palomar lleno de gente extraña. Eran seres delgados, silenciosos y tímidos que aceptaban la hospitalidad mucho tiempo más allá de lo prudente y educado. Esa gente llegaba desde aquel mítico país que no conocíamos, con el olor del miedo que aún no habían superado; esos hombres que apenas hablaban en castellano, miraban pasar las horas y se preguntaban qué harían en esa ciudad tan grande, desconocida y llena de sonidos y olores incomprensibles para ellos, acostumbrados al perfume a flor de coco en el verano y a tierra mojada cuando llovía, allá, en el Paraguay cada vez más añorado. Él les hablaba, les ayudaba a recuperar la confianza, les conseguía trabajo y los alojaba en nuestra casa hasta que podían valerse por sus propias fuerzas para salir a pelear la vida.
Él nos contaba historias increíbles, nos invitaba a entrar en sus locos y osados proyectos y lograba hacernos olvidar la pobreza y las deudas. Él nos hacía sentir reyes y reinas. Él era un mago, él era mi padre.
Los dos se animaron a formar una familia, pero a la manera que pudieron, lejos de tabues familiares y de reglas impuestas por la tradición y por un cerrado fanatismo religioso. Los cincos hijos de Humberto y Amanda (desde ahora Chiquita) les agradecemos el hecho de habernos formado totalmente libres de imposiciones católicas. Crecimos sin saber lo qué era pecado. Gracias, mil veces gracias por eso, papá y mamá.
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